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T) José 88 haliaba á la puerta de su casa con un anteojo de larga vista en la mano, y en cuanto vio acercarse 4 la mujer del Lobo con la cesta del pescado se adelantó hacia ella con grandísimo interés, preguntando: ¿Pero ha sido tu marido ese que iian tenido que salvar esta mañana? -Sí, señor, contestó la aldeana rompiendo en amargo llanto. ¿Y cómo está? -Muy mal en la cama, sin conocimiento Antes de que llegaran los botes tragó mucha agua, Gracias á la Virgen, está en casa pero en cambio el pobre Bernardino, el hijo de la Marinea, ya sabe usted, se ha ahogado. Iba en el primer bote que salió para socorrer á mi marido, y en un golpe de mar cayó y no le volvieron á ver. Los sollozos ahogaron el relato de la pobre mujer, y D. José, poniendo la cara más compasiva posible, dijo: Ra go generoso! Dar la vida por sus semejantesl ¡Bernardino era valientel? Después de un rato de llanto, que Antonio, el hijo del Lobo, conti mplaba con los ojos muy abiertos, oomo si le durase el espanto de la escena que había presenciado por la mañana, la mujer se atrevió á decir: -Tenemos tres anguilas; y las enseñó á D. José, que se puso á examinarlas cuidadosamente. ¿Cuánto quieres por ellas? -Tres reales. ¡Tres reales! exclamó D. José. iTres reales, á la orilla del m. tr Qué -f Sf y -4 I cuánto da usted? preguntó la pescadora. ¿Yo? i Nada I nadal No me atrevo á ofrecerte. jSon muy caras, muy caras I Y volviendo la espalda á la pescadora, COÍ, Ó SU anteojo para observar otra vez el estado del mar. La mujer del Lobo cogió de la mano á su hijo, y de un vigoroso tirón se lo llevó casi arrastra por la senda abajo en dirección á la aldea. -I Caras I decía. ¡Han costado la vida de u n hombre, si no son dos, y dice que son caras! üf! ¿Por qué no se le volverá veneno lo que coma? Antonio, con su brutalidad de muchacho ignorante y hambrón, había visto con gusto el desprecio que D. José hi: í 0 de la mercancía, porque era el medio seguro de que ésta quedara en casa y fuera una parte á su estómago; pero aq- ellas reflexiones de su madre le producían una sensación nueva en el cerebro. Donde no había más que las tinieblas de la ignorancia entraba ana luz, pero una luz siniestra; empezaba á pensar aquella mente, pero unos pensamientos dolorosos que le herían en lo vivo de su alma y le presentaban la vida, en cuyo dintel casi se hallaba, como una cosa negra, sangrienta, pavorosa y horrible. Cuando llegó con su madre á la casa, el Lnbo estaba peor, y á los nueve días expiraba, según el veterinario, por no haber podido arrojar todo el agua salida que tragó el día del naufragio, pero en realidad de una pulmonía doble. Su vida había costado otra inúlilmeute. Le salvaron de las olas, pero no de la muerte.