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A jK nar lie la pnHicinn dt los viejos pcm- adorea del pueblo, el Lobo se empeñó en hacerse á la mar el día 25 de Enero de 1886 en su pobre barquichuelo. Ya sabía él que el tiempo iba á empeorar; las gaviotas que durante la tarde anterior se habían acercado mucho á la costa, el color de las aguas, el aspecto de la luna, y otros mil indicios que no marca la ciencia meteorológica pero que observa con cuidado la gente de mar, le decían que era peligrosa la aventura que iba á correr. Pero no había remedio. Si no se pescaba algo, al día siguiente no comerla su mujer ni su hijo, Antonio, mozo robusto de doce afios de edad, que ya én algunas ocasiones, cuando el mar estaba bueno, había acompañado á su padre en las rudas faenas de la pesca. Lo que principalmente le animaba era que él tenía un parroquiano excepcional; un indiano, un muchacho del pueblo que fué á América á probar fortuna y que regresó al 4 T yp- cabo de muchos años á la aldea cargado de onzas de oro. Había edificado un hotel bas s tante modesto; pero como todo es relativo en este mundo, entre las chozas de pescadores que componían aquel mal Uaraado pueblo resultó un palacio, y así le denominaban desde la última mujer hasta el señor cura, que tampoco había visto en este mundo grandes maravillas arquitectónicas. En Palacio, pues, vendía el Lobo el producto de su trabajo, y D. José, que así se llamaba el indiano, pagaba con cierta esplendidez; el día que la docena de sardinas estaba á diez céntimos, él solía añadir un par de céntimos de propina á la mujer del Lobo, que era la encargada de llevar á Palacio la pesca. És verdad que si pasaba la mercancía de ese subido precio, solía regatear hasta obtener alguna rebaja; pero siempre pagaba más que otro, y bien podía hacerlo, porque se le calculaba una renta que no bajaba de mil quinientos duros anuales. El Lobo, pues, en la madrugada del día citado se dirigió á la playa, y en cuanto la marea lo permitió, desatracó el bote y comenzó á remar. Estaba el pueblo situado en la margen de una extensa ría, y en la embocadura de la misma solían pescarse anguilas, y en busca de estas piezas iba el 060 por su cuenta cuando las traineras no salían á la pesca del bonito ó de la sardina, porque en este caso formaba parte de la tripulación de aquéllas como todos los individuos de la cofradía de mareantes del pueblo. i; La suerte favoreció al Lobo, porque apenas había llegado á la barra y ya tenia en su poder tres enormes anguilas; el mar estaba algo picado, pero el viento no era muy fuerte, y abandonando el sitio en que ordinariamente pescaba, avanzó media milla mar adentro. Allí intentó continuar su faena; ya era imposible. El mar se agitaba por momentos, y un furioso huracán de tierra comenzaba á levantar torbellinos de espuma. El Lobo trató de volver rápidamente á ¡a ría, pero ya era tarde. La barra estaba imponente; verdaderas montañas de agua se oponían á su paso, y una fuerte resaca inutilizaba el vigoroso empuje de sus brazos al remar. Empezaba entonces á amanecer; la temperatura había bajado mucho, y sobre el sudor copioso que empapaba las ropas del Lobo por el esfuerzo muscular que exigía el movimiento del remo, caían de cuando en cuando torrentes de agua helada que paralizaban sus fuerzas y aterían alternativamente sus miembros. Tres horas después la mujer del Lobo, acompañada de su hijo Antonio, subía el sendero que conducía al Palacio con los ojos enrojecidos y el traje descompuesto. En una cesta llevaba las tres anguilas que su marido habla pescado, y Antonio, su hijo, la seguía, volviendo los ojos hacia la mar, cada vez más imponente y alborotada.