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El triunfo de Luis Mírete resultó palpable: 2.600 votos pudo contar, salvo el pico, contra 2.00 Ó pelados de su adversario. (600 votos de mayoría! Triunfo superior al que el mismo gobernador habla presupuesto. Para verificar el escrutinio y la proclamación acudieron á los ocho días á la cabeza del distrito el juez y un interventor de cada mesa. Allí estaba también el candidato, y allí estaba el interventor de La Gatera, que era un sobrino del mismo tío Marrajo. Todo iba marchando á gusto del candidato triunfante, hasta que llegó el turno al representante del pueblo en cuestión. Éste, con voz muy ciará leyó: El Sr. Conde de Arcilla, cuatrocientos dos. -Y nadie más ha tenido votos en mi pueblo, añadió. ¿Cómo? gritó el candidato. ¡Eso es falso I El interventor volvió á leer lo mismo, Mírete se acercó á ver por sí mismo el acta, y con efecto: eso era lo que en ella estaba escrito. -Pues ahora, dijo, van á ir á presidio usted y su tío y todos los de la mesa de La Gatera, porque en el certificado que me dieron ustedes después de la elección, firmado por todos, dice otra cosa. Y comenzó á buscar én sus bolsillos el papel que el tío Marrajo había dado al gobernador. -El certificado que le dimos áxxateá después de la elección, dijo el interventor con mucho retintín, es igual á esta acta; y si no, venga. No tuvo que repetir la petición, porque ya Mírete alargaba el documento con aire de triunfo. El interventor cogió el certificado, pasó la níiano por el papel para quitar los polvos, que parecían dificultar la lectura, y se lo entregó al jaez después de sacudirlo. Decía lo mismo: El Sr. Conde de Arcilla, cuatrocientos dos. No se puede pintar la desesperación de Mírete. ¿Cómo podía ser aquéllo? ¿Quién le había podido cambiar el certificado que le dio el tío Marrajo, que había llevado constantemente en el bolsillo, y que en letras muy gruesas decía: D. Luis Mírete, seiscientos uno? A pesar de sus protestas, el juez, cumpliendo la ley, proclamó diputado al conde de Arcilla, que resultaba con 2.400 votos sobre su contrincante, que se había quedado en 3.000. Mírete corrió desalado al despacho del gobernador, que estaba cifrando un telegrama al presidente del Consejo en el que presentaba la dimisión de su cargo. -No me hable usted, dijo al ver al candidato derrotado. Tenemos que huir de esta provincia. Me acaban de contar la jugada que nos ha hecho el tío Marrajo. La línea que formaban, en el certificado que nos trajo, su nombre de usted y el número de votos, estaba escrita con agua. ¿Con agua? -Con agua ligeramente engomada. Echando los polvos negros encima, las letras quedaban formadas como si estuvieran escritas; y hoy, cuando el interventor de La Gatera ha cogido el certificado, ha pasado la mano por la línea, los polvos han caído, y en el papel no han quedado más nombres ni más votos que los de su contrincante de usted. -Pero esto es infame, exclamó Mírete; vamos á dar parte al Juzgado. -Al Juzgado, ¿eh? Si hiciéramos eso, nos llevaría el tío Marrajo á los dos á un penal por haberle exigido que certifique de un acto ocho días antes de verificarse. Hoy el tío Marrajo, cuando se habla de sus habilidades electorales, repite su eterna frase: -I Oalunia! Yo en eleciones to hago todo tan claro como el agua. DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINGA EMIIJO SÁNCHEZ PASTOR