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-Pero 1 bendito sea Dios I dijo el tio Marrajo fingiendo el mayor asombro. ¿Y para pedirme un favor tan sinificante se ha incomodado usía de ese modo, llamándome todas esas cosas y poaióndose tan furioso? Tendrá usía los seiscientos votos, porque ¿para qué estoy yo en el mundo más que para servir á mis gobernadores? -Ya esperaba que dijera usted eso, replicó el gobernador, Y qué, ¿cree usted que yo soy tan imbécil como mis antecesores? Su palabra de usted no tiene valor alguno; yo quiero más que la promesa. -Usía dirá. -Faltan siete días para las elecciones. Pues bien, yo quiero aquí rdañana el certificado de la elección de La Gatera firmado por usted, como presidente de la mesa, y por los interventores que marca la ley. En esa certificación constará que D. Luis Mirete ha obtenido seiscientos votos y el conde de Arcilla cuatrocientos ó menos; á ese le puede usted rebajar lo que quiera. El tío Marrajo se mordió los labios, dio unas cuantas vueltas entre las manos al sombrero, y por fin exclamó: -Mucho es eso, señor. Certificar que se ha verificado la elección O3 ho días antes I Yo creo que eso es un delito de falsedad. El gobernador volvió á montar en cólera al oir estas palabras. ¿Y á usted qué le importa una más, so bribón? le dijo. Lo que hay es que de ese modo no me paede usted engañar. Hemos acabado. Mañana á estas horas se presenta usted aquí con el acta en esa forma y con la fecha del do mingo próximo, día de la elección. De lo c o n t r a r i o pasado mañana sale usted atado del pueblo por defraudación de los fondos municipales. Algo debió pensar el tío Marrajo durante las últimas palabras del gobernador, porque recobró su sonrisita habitual, y adoptando el tono suave que había empleado al principio, dijo: -Ya es listo usía de verdá. Mañana estará aquí ese pa peí. Ya puede decir u s í a q u e no hay quien se la dé; y exagerando los elogios á la listeza del gobernador, salió del despacho después de hacer unos cuantos reverentes saludos. Al día siguiente, muy tempranito, ya estaba el tío Marrajo en el despacho del gobernador civil de la provincia. Allí esperaba el sobrino del ministro de la Guerra la llegada der célebre cacique, desconfiando siempre de que cumpliera su palabra, y al verle entrar con su acostumbrada sonrisita, los dos pensaron que venía á dar allguna disculpa ó á proponer una dilación que le permitiera escapar del compromiso. Pero no hubo nada de eso. El tío Marrajo sacó del chaquetón un sobre grande, dentro del cnal se encerraba el precioso documento. Se estaba viendo y no se podía creer semejante acto de sinceridad de parte del tío Marrajo. Pero no fué posible dudar; allí estaba el resultado del escrutinio futuro en letra y en número como marca la ley, y allí decía, en letras muy grandes por cierto y muy llenas de polvos, que habían obtenido votos: D. Luis Mirete, seiscientos uno. El Sr. Conde de Arcilla, cuatrocientos dos. El tío Marrajo no había querido poner cifras redondas para que todo paeciese más verdá, y había añadido un voto al candidato liberal y dos al de oposición. No hay para qué decir cómo fué tratado aquel día el tío Marrajo: el candidato le dio un gran cigarro puro y el gobernador muchas palmaditas en el hombro, prometiéndole amistad eterna. -Pues esto, decía t o m a n d o un aire triste y como si los remordimientos le i -3, acometieran de re Jüj pente, pues esto me cuesta perder para siempre la amistad del conde de Arcilla. Le consolaron como pudieron, y el hombre se despidió haciéndose lenguas de la habilidad de a q u e l gobernador, que era el único que había podido con él. Cuando las personas suspicaces de la provincia decían al gobernador; c Cuidado con el alcalde de La Gateral aquella digna autoridad contestaba con aire de triunfo: Ese es el que tengo más seguro. El día de la elección, ni candidato ni gobernador se ocuparon del referido pueblo. Allí podían hacer lo que les diese la gana, porque si venían con un acta distinta de la certificación que ellos poseían, ya sabía el tio Marrajo que había tomado billete para presidio.