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DIGGIONARIO ELECTORAL ACIQUE. m. Jefe de tribu india, eje de la política española, y encargado de partir á España por el eje. Hay m u c h o s p u e b l o s sin c a m p a n a r i o no hay ninguno sin cacique; por esta razón no sé debe llamar á la política rural política de campanario, porque á veces falta éste; pero si se la llamase política encampanada, ya sería otra cosa, pues en ningún pueblo íalta un cacique que se encampane. El jefe de todos los caciques de España es el ministro de la Gobernación, así como el Fiscal del Supremo es el jefe de todos los fiscales de la Península; y es el caciquismo una institución tan admirablemente organizada, que ni aun ciertas Ordenes religiosas pueden competir con ella. Eso sí, las órdenes délos caciques jamás son religio sas. Ea cada partido político hay tres ó cuatro caciques cmadres digámoslo asi, que son los hombres más conspicuos de la bandería; éstos imponen sus delegados ó gobernadores, quienes se entienden con los caciques rura les para el lío electoral. Así como á los gusanos de luz les reluce la barriga por el estío, al caciqne rural le brilla el abdomen cuando He gan las elecciones. El período. electoral es su. época de ¿celo. El: resto del año, el cacique rural no paga las contribuciones, mete la mano en las arcas municipales, escamotea á sus hijos del servicio de las armas; es, en suma, un ciudadano honrado. OLEGIO. m. Edificio en el cual los niños alborotan y los hombres votan. Cuando se. elige un colegio de niños para Colegio electoral, el candidato de oposición puede decir que se ha acostado con todos ellos. En los colegios de priniera enseñanza, lo primero es el maestro; en los electorales ó de última enseñanza, lo primero es la Mesa. Esta diferencia marca perfectamente el carácter de ambos colegios, dando margen á las siguientes definiciones: Colegio de niños: Reunión de párvulos presidida por un hombre. Colegio electoral: Reunión de hombres presidida por un mueble. Cada elector debe votar en su Colegio respectivo; pero algunos electores, por amor á la enseñanza, van de Colegio en Colegio votando y viendo las Mesas, como si las elecciones fuesen también almonedas. Otros electores, en cambio, llegan tan tarde á su Colegio, que cuando se disponen á yotar ya lo ha hecho algún amigo complaciente por ellos. Esos electores suelen incomodarse, y entonces botan; pero el presidente de la Mesa les echa del Colegio por faltar á la ortografía. I F U N T O m. Elector. Hay varias clases de difuntos, pero todos ellos votan. Tf ¡caso verdaderamente extraño I, -todos los difuntos son ministeriales. Apenas se muere un español, ya está haciendo todo lo contrario de lo que hizo en vida: hablar bien del Gobierno. Reunidos los difuntos en los patios de los cementerios, no hallan palabras bastantes con qué ponderar las exce- lencias del Ministerio. Por algo le llamamos á la muerte el último tributo: pagado éste, todos los Gobiernos nos parecen paternales. Los vivos que han sido electores no se mueren del todo. Sus nombres siguen figurando en las listas electorales como una promesa de resurrección, y efectivamente, al sonar. la trompeta electoral les difuntos salen de sus nichos, se embozan en sus mortajas y corren al Colegio próximo á votar al candidato del Gobierno. ¡Qué sería si en vez de la electoral sonara la trompeta del Juicio! Probablemente ningún difunto español la haría caso. Depositado su voto en la urna, el difunto se vuelve al cementerio contentísimo de haber cumplido con el primero de los deberes de ciudadanía, y adoptando cómoda postura en su panteón exclama: -I Con tal de que nó me vuelvan á levantar en alguna, timbal Y lee para coger el sueño eterno el folletín de El Impar cial, ó sea La penúltima aventura de Bocambole desjivés Af fnlledrlo. MBUCHADO. m. Los hay de distintas clases, pero casi todos ellos se hacen con sangre ó lomo del animal q u e acompaña á San Antón, salvo el e m b u c h a d o electoral, que se hace con papeletas del candidato amigo del ministro de la Gobernación. Al efecto, bien el presidente de la Mesa, bien un secretario, bien un elector ducho en el arte, arregla cincuenta ó cien papeletas de manera que parezcan una sola y cuelen como una seda por la ranura de la urna. También hay embuchado a posteriori, ó sea hecho en el momento del escrutinio; pero ése embuchado exige en el operador ó choricero ta destreza de manos, que son muy pocos los que se atreven á confeccionarlo. De todas maneras, al hacerse el recuento de votos una vez termiriada la elección, se ve que ha habido mano de puerco en ella, lo cual hace honor al embuchado electoral, sobre todo ahora, que casi todas las morcillas, chorizos, longanizas y demás se fabrican con carne de caballos, muías, asnos, etc.