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La Junta electoral qiié había de elegir al suplente de Asturias fué presidida por el conde del Pinar, antiguo magistrado de mucho saber, pero de ideas rancias y carácter destemplado, que quiso estorbar la elección valiéndose de su autoridad presidencial y apostrofando á los electores, á quienes calificó de jacobinos. Vencieron al cabo los presididos al presidente, y salió triunfante la candidatura de D. Agustín Arguelles. En estas luchas y en las dificultades consiguientes al estado de guerra de Ja nación estriba el principal interés de tan originallsimo perío do electoral. Ya llevaban mucho tiempo de constituidas las Cortes, y toiavía se elegían diputa fos en media EspaSa, aprovechando las intermitencias de la guerra. Solamente las provincias de Va encia, Galicia, JIurcia y Cádiz, podían considerarce libres del enemigo al comenzar las eleocionej. iso poc 8 autores han tocado el asunto de la legitimiíJad de estas Cortes aflimando que el estado de guerra en que se encontraba la nación es por sí Fo o gravísimo vicio de nulidad, y aüadiendo que la elección de suplentes, no autorizada en modo alguno por la convocatoria, basta pira declarar viciosas é irregulares las famosas Cortes reunidas en la isla de León. En realidad, y examinado el asunto en su aspecto puramente externo y reglamentario, no son mtacliables esas acaloradas y á veces tumultuosas elecciones de diputados suplentes que componían una D J U A N NICASIO GALLEGO parte considerable de las Cortes extraordinarias el día de la apertura de éstas, y casi puede asegurarse que aquellos diputados pasajeros más bien representaban á Cádiz que á toda la nación; pero lo cierto es que ningún pueblo ni corporación alguna de España protestó de tales nombramientos, que el Código de 1812 fué publicado con general aplauso en todas las poblaciones que iban quedando libres del enemigo, y que el primer Congreso de diputados españoles, así como la Regencia por él nombrada, fueron reconocidos oficial y solemnemente por Inglaterra, Portugal, Eusia, Prusia y Suecia, todo lo cual daba al poder de las Cortes el sello de legitimidad que pudieron apetecer los más exigentes. Abriéronse las Cortes generales y extraordinarios en la isla de León el día 24 de Septiembre, y era muy entrado Octubre cuando todavía no habían llegado los representantes de las provincias de Levante por falta de barco que los trasladase á Cádiz, pues el viaje por tierra era imposible. Al fin llegaron los diputados levantinos el 24 de Octubre á bordo de la fragata Venganza. En todas las provincias se hicieron las elecciones bajo la protección de los capitanes generales respectivos; y cuando la capital estaba ocupada por los franceses, se elegía cualquier punto libre de la provincia para hacer la elección. Aun así y todo, el trabajo electoral fué muy lento, y loa diputados llegaban á Cádiz por tandas. Muchos diputados fueron presos en ercamino, y algunas provincias, como Canarias, se manifestaban reacias á la elección, recibiendo frecuentes exhortes de las Cortes. Tuvieron representación completa desde el primer día las provincias de Galicia, Cataluña y Extremadura; esta última presen ó una brillante pléyade de diputados, pues es sabido que fueron representantes extremeños el famoso chantre de Yillafranca Muñoz Torrero, Oalatrava, Lujan, Oliveros y Fernández Golfín, secretario de las Cortes. Indudablemente, el diputado más joven de aquellas Cortes fué el famoso conde de Toreno, cuyos enemigos trataron de anular la elección apoyándose en la poca edad del insigne representante asturiano. En general, el cargo de diputado fe tomó por tan ilustres patricios no como vanidad personal, sino como un hunrofo pero penosísimo deber. Con frecuencia la Comisión de Poderes (hoy Comisión de Actas) tenía que resolver peticiones, no de iíiclosión, sino de exclusión de las Cortes, presentadas por algcnos diputados escrupulosos. Claro es que habría de todo, cuando el ilustre diputado por Cataluña Oapmauy (que murió en la isla de León, víctima de la epidemia) pidió en una de las primeras sesiones que ningún diputado pudiese aceptar recompensa ni remuneración alguna del Estado. Como irregularidad electoral importante, apuntaré la ocurrida en la s eleo dones de Aragón. Fué el caso que el ministro de Gracia y Justicia D. Nicolás M. de Sierra envió á la Janta provincial una lista de los candidatos que debían ser elegidos, figurando en ella el propio peticionario, el oficial de su secretaría D. Francisco Tadeo Calomarde (ministro más tarde de Fernando VII) y el ministro de Estado D. Ensebio Bardají. La Regencia anuló la elección, pero no impuso correctivo alguno al ministro. Luía ROYO VILLA NOVA OlüüJOR DO BLANCO COPJS I D ANTONTO CAPMANY