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En el patio del cuartel: ¿Y usted, cómo se llama? J o s é Rodríguez, mi capitán. ¿Y usted? ¿Yo? José López. ¿Y usted? -José Fernández, á la orden. -iVaya con los Pepes! La compañía está llena de Pepes. A ver, cabo Eegiilez, empiece usted á instruir á estos quintos. A la orden, mi capitán. Habéis de enteraros vosotros de que lo primero que debe saber un hombre que pertenece á una compañía, es decir, un hombre que es sóida- do, son los sombres de sus jefes. El capitán de la cuarta, que es ésta, se llama D. José Peíayo, ¿estáis? Los primeros tenientes, D. José Cid y D. José Guzmán, ¿estáis? Los segundos tenientes, D. José Gonzalo de Córdoba y D. José Córdoba dé Gonzalo, ¿estáis? Los sargentos se llaman José Tierno, José Dulce, José Hermoso, José Feito y otros, y yo me llamo el cabo José Eegúlez, ¿estáis? Pues ya os habéis enterado de la primera cosa de que hay que enterarse; y ahora, compañía, ¡firmes! He dicho compañía, IfirmesI ¡Que he dicho compañía, firmes! pedazos de atunes! ¿Qué pasa, cabo Eegúlez? -Que les he dicho compañía, firmes! mi capitán, y no me hacen caso. -Es natural; son quintos y no le entienden. Ya verá us ed como á mí me obedecen. Pepes, ifirmesl ¿Lo ve usted? Ya está en firmes toda a compañía. En una escuela de niños: ¿Qué letra es ésta? -Be. ¿Y esta otra? -De. -Eso, hombre, eso; ayer la dijiste en seguida. ¡A que en ésta no te detienes! ¿Qué letra es ésta? -Pe pe. -Perfectamente; ¿y esta otra? -Ka- Basta! Pues, señor, hay dos letras en el alfabeto las cuales repiten siempre los niños. La primera me lo explico, porque al fin y al cabo todos ellos se llaman con el nombre de esa letra repetida. Pero ¿y la segunda? (Sí, señor; baje usted el dedo y vuelva pronto. -Muy bien, muy bien. ¿Y ésta? -Equis. En la mesa de un café: -Pues, nada, no me puedo acordar de su nombre. -Se llamará D. José, ténlo por seguro. -No, hombre, no me suena. D. José D. José Nada, que no me suena. -Oye; puede que lo sepa el mozo. -Tienes razón. Voy á llamarle. Pepe I- ¿Qué manda usted, señorito? -Díme: ¿cómo se llamaba un señor alto, grueso, calvo, que era parroquiano tuyo? -D. José. N o hombre; un señor alto, grueso, calvo, parroquiano tuyo, y que no se llamaba D. José. ¿Cómo se llamaba? -1 Ah, sí I D. Pepe. -Te digo que no; un señor alto, grueso, calvo, parroquiano tuyo, y que no se llamaba D. José ni D. Pepe. -Pues no sé por quién me pregunta el señorito. -Hombre, hazmemoria Un señor que tenía una ver rruga salvo la parte ¿No recuerdas? Vaya, renunciare. mos á saber su nombre; ¡qué le hemos de hacer! En aquella mesa te están llamando, Pepe. -Es verdad, i Allá voy! -j Si tengo la memoria más mala del mundOj sobre todo para nombres! Me parece que le estoy viendo entrar en el café á las nueve en punto de la noche, desembozarse y venir á esta mesa inmediata; sentarse, saludamos