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PEPE- ILLO No porque tenga fe alguna en su exactitud histórica, sino á títu o de curiosidad, voy á referir una de las muchas anécdotas que, sin llegar á escribirse algunas, otras en papeles manuscritos ó impresos, corrieron por los días en que todavía estaba fresca la profunda emoción producida por la trágica muerte del tan vale roso como desventurado matador de toros Joseph Delgado, más vulgarmente conocido por Pepe- Illo. 11 La mañana del domingo 10 de Mayo del año con que empezó este siglo, ahora próximo á terminar, gran golpe de gente había acudido é, los famosos sotos de orillas de Jarama, situados en el lugar denominado Puente de Viveros. El objeto que llevaba allí á la alegre concurrencia era ver los dieciséis toros que en la mafiana y tarde del siguiente día habían de lidiarse en la plaza de Madrid, y entre los que había dos con que debía de estrenar su diviea encarnada un ganadero nuevo, vecino de Peñaranda de Bracamente. Pero ni la buena estampa de tales animalitos, ni la de las otras reses que pertenecían á las vacadas de José Gijón, D. Manuel Briceño, D. Hermenegildo Díaz Hidalgo y D. Antonio Hernán García, llamaban tanto la atención como la presencia de dos personas que habían acudido á la jira. Una de ellas era una alcurniada dama que rigiendo un soberbio potro de pura raza andaluza y vestida con uu caprichoso clasicismo que traía á la memoria aquellas reinas que retrató Velázquez, hacía resaltar la irreprochable herniosura de su rostro con una monterilla de finísimo veladillo negro orlada de pequeños madroños rojos, y que ligeramente inclinada sobre la oreja izquierda, dejaba escapar un rizo de pelo nejro como la mora. La otra figura que todas las miradas atraía era la de un hombre de recia y esbelta muscu atura, y que aunque ya mostraba pasar de los cuarenta años, conservaba toda la gentileza y agilidad de loa veinticinco. Iba éste á pie y vistiendo traje de majo, sombreadas las trigueñas facciones por las amp ias alas del castoreño y llevando al desgaire recogida en el brazo izquierdo la capa de grana que un momento antes había descolgado de sus hombros. Entre la alcurniada dama y el gentil majo, que no era otro que el famosísimo Joseph Delgado, se habían cruzado ligeras frases en ese tono que indici un trato no tan cordial como en otro tiempo lo fué, cuando de pronto uno de los toros de la nueva ganadería, negro de pelo, basto de tipo, pesado y de astas crecidas y abiertas, separándose de sus compañero 3 se arrancó veloz como el rayo al potro que la dama montaba. TJn grito de espanto de los espectadores de aquella escena fué el que advirtió á Pepe Illo del riesgo; pero aunque con la premura del que hecho está á tales lances acudió en socorro de la amenazada, ya era tarde. El animal había alcanzado al caballo, y sólo merced á la fuerza de las cernejas de éste pudo ponerse en salvo su dueña, que, en honor de la verdad, había palidecido menos que el que con tan poca fortuna había querido ampararla. Guando ya los vaqueros habían vuelto á la desmandada res á la piara, Joseph Dalgado se acercó á la dama preguntándola: ¿Se ha asustado vuecencia, señora duquesa? -No tanto cómo tú, contestó la aludida con despego. Veo que el corazón de Pepe- Illo ba variado mucho. Ya no mira, con la tranquilidad que miraba antes los toros grandes y cornalones. El valeroso espada se puso lívido, y sin contestar se volvió al mayoral preguntando; ¿Cómo se llama ese toro? -Barbudo. -Que me lo aparten para mí, dijo. Y volviéndose entonces á la dama, añadió: -Mañana probaré á la señora du quesa que no sólo no han amenguado mis bríos, sino que, como siempre, sé castigar como se merece á todo el que se atreva á ofender ni con el pensamiento á vuecencia. 5 T