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El conde de Toreno, á quien nadie tachará de afrancesado, pinta al rey intruso suave de condición, instruido y agraciado de rostro, y atento y I delicado en sus modales, pero el pueblo de España jamás reconoció aquellas cualidades. Un espejis mo fácil de explicar le hacía ver tuerto y borracho al apacible José, y dechado de virtudes al rey Deseado: á Fernando VII, que pagaba aquella idolatría de su pueblo felicitando por carta á Napoleón por el triunfo de sus armas en EspaSa. Conocidísima es una anécdota que refleja con toda exactitud el espíritu general de la nación en aquella época. Es el caso que uno del os magnates españoles que por debilidad, por equivocación ó por conveniencia seguían el partido francés, vistió á un hijo suyo, niño de cortos años, con un uniforme del ejército imperial, y así ataviado lo presentó en Palacio para que lo viera el rey José. Éste besó á la criatura y le preguntó cariñosamente: ¿Para qué quieres tú ése sable? Y el niño, requiriendo el arma de juguete, contestó sin que pudiera impedirlo el autor de sus días: -Para matar franceses. Si la leyenda popular convierte á José Bonaparte en un ente despreciable, antipático y ridículo hasta el último grado, en cambio la historia imparcial, y sobre todo la propia correspondencia política y militar del rey José publicada por A. Du Oasse, rectifica tan absurda creencia y revela cuan bien y cuan pronto conoció el hermano de Napoleón el país que le daban á gobernar. Apenas traspasada la frontera y mucho antes de llegar á Madrid, el rey José estaba al cabo de la calle, como se desprende de ésta frase escrita al emperador desde Vitoria: Nadie ha dicho la verdad á V. M. El hecho es que no hay un español que se decida por mi, excepto el pequeño número de personajes que viaja conmigo. Con la autoridad familiar de hermano mayor y con la franqueza propia de una correspondencia privada y entre hermanos, José I se expresaba de este modo desde Madrid: í. y- f JOSÉ BONAPAIÍTE Todo lo que se ha hecho aquí el 2 de Mayo es odioso; no se ha guardado ninguna de las consideraciones que debieron tenerse á este pueblo. Y terminaba la carta con esta profecía: Vuestra gloria se hundirá en España. En una de sus cartas, fechada en Burgos, escribía el desgraciado monarca: Para salir lo mejor posible de esta tarea, repugnante á un hombre destinado á reinar, es preciso desplegar grandes fuerzas, á fin de impedir más sublevaciones, y que haya menos sangre que verter y menos lágrimas que enjugar. De cualquier modo que se resuelvan los negocios de España, su rey no puede hacer más que gemir, porque hay que conquistar por fuerza; pero, en fin, pues que la suerte está echada, será preciso prolongar los trastornos lo menos posible. No me asusta mi posición, pero es única en la historia: no tengo aquí un solo partidario Decía bien el rey José; ni un solo partidario tenía en España, y los mismos mariscales de Napoleón destinados á consolidar aquel débil trono, hacían del rey caso omiso para sus operaciones militares. La situación de éste no podía ser más ridicula: el pueblo español le despreciabaj Napoleón disponía de la península como dueño absoluto, y el rey José, moviendo la pluma con más libertad que el cetro, se desahogaba vertiendo en su correspondencia fraternal todas las amarguras de su alma. Pintado por sí mismo, José I es el monarca por fuerza, un rey aburrido por no sentirse con bríos para ser tirano. Pintado por el pueblo de las Vistillas, Pepe Botellas es un cuerpo extraño imposible de consolidar en la nación, y acaso la única nota cómica que registra la epopeya de la Independencia española. En la historia de España apenas si José I dejó señales; en la numismática nacional dejó, como es de rigor, unas cuantas monedas, que reproducimos en este artículo para que haya en él alguna cosa de valor. LxTis EOYO VILLANOVA DBUJOS DB ESTEVA Y BLANCO C 0 BI 8