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UN PEPE CMEONADO PEPE BOTELLAS EAvo retrato para emplear en sus perfiles el lápiz desenfadado de Goya y en su descripción la donosa pluma de D. Eamón de la Cruz! Con el nombre de Pepe Botellas, debido á la genial inventiva de las majas y de los chisperos de Madrid, ha pasado á la historia José I, hermano mayor de Napoleón Bonaparte, á quien éste colocó en el eolio de España una vez admitida la renuncia que Fernando VII hiciera de la corona de sus mayores en la memorable y vergonzosa abdicación de Bayona. José I abandonó el trono de Ñapóles donde tranquilamente vegetaba, para venir á Madrid, donde le aguardaban los disgustos consiguientes al ridículo soberano que le rodeó mientras permaneció enílspaña. Porque es de notar que aquel pueblo del Dos de Mayo que odiaba á Napoleón, al gran duque de Berg, á los mamelucos y á todo lo que á Francia trascendía, no odió á José I porque ningún odio merecía el rey intruso, pero hizo con él algo peor: le convirtió en un Juan de las viñas, en un monigote coronado; y al compás de la guitarra y de las castañuelas, en seguidillas y romances de ciegos, ridiculizó los defectos de aquel soberano malgré lui, é inventó los que no tenía apodándole Fepe Botellas, cuando es sabido que el pobre José Napoleón no probaba el vino. El pueblo, que ve ojos en la luna, dio en decir que el rey intruso era tuerto, y esto pasaba como artículo de fe entre los patriotas. Pudo, sin duda, dar origen á esta creencia la costumbre que tenía el rey de mirar con un lente (monóculo que diríamos ahora) cerrando al mismo tiempo el otro ojo. De ahí que le cantasen las manólas: cYa viene por la Ronda José primero. con un ojo postizo y el otro huero. Por este estilo, son infinitos los estribillos, canciones y coplas populares de la época alusivos á los supuestos defectos del rey José. Si estas manifestaciones de la poesía popular no tuvieran más pimienta que sal y no fueran más atrevidas que correctas, podría llenar muchas cuartillas sólo con copiarlas. tLas caricaturas- -dice Mesonero Epmanos, -ó más bien aleluyas groseras, chabacanas y hasta obscenas, no abundaban menos que los folletos chocarreros, y todos, ó casi todos, iban encaminados á la persona del pobre José, á quien se pintaba metido en una botella y sacando la cabeza por el cuello de ésta, ataviado como en un naipe y con una copa en la mano, con el título El nuevo rey de copas; en otro, danzando ó haciendo ejercicios acrobáticos sobre botellas, y otras tonterías de esta especie. Sólo en una (que no pude por el pronto juzgar, pero que exhumada años después debajo de un ladrillo en que con otras muchas mi madre cuidaba de enterrarlas durante la ocupación francesa) sólo en una, repito, aunque groseramente dibujada, hallé un pensamiento agudo y gráfico que alabar. Representaba, pues, unas montañas sobre las que había un cartel que decía Roncesvalles, y al pie de un peñascal se hallaba un mocetón, medio soldado medio contrabandista, fumando un cigarrito y con el trabuco al brazo, en tanto que por el desfiladero aparecía un soldado francés, el cual, echando mano al bolsillo, preguntaba al centinela: ¿Monsieur, combien l emtrée? A lo cual contestaba el otro: Compare, aquí no ze paga la entra, que lo que ze paga ez la zalia. Si el rey José conocía esta caricatura tan graciosamente descrita por el cronista de Madrid, seguramente se acordaría de ella en medio de aquella desastrosa rota de Vitoria, magistralmente pintada por Galdós en M equipaje del rey José. Todos los actos de éste, aun los más útiles para el pueblo, eran satirizados y puestos en ridículo. Sus proyectos de reformas urbanas en Madrid, muchos de los cuales se llevaron á efecto, le valieron un nuevo mote: el de El rey Plazuelas. No desperdiciaba ocasión el rey de halagar al pueblo, atrayéndole con toda clase de concesiones, poniendo nuevamente en vigor las corridas de toros, suprimidas por Carlos IV, y mostrándose siempre agradable, simpático, expansivo con todos; pero esta misma amable condición del rey intruso despertaba la risa en los labios españoles, porque aquel monarca recién llegado de Italia chapurreaba de tal modo el castellano, mezclándolo con frases italianas y palabras francesas, que ni los palaciegos más afrancesados podían escuchar ccn serenidad sus discursos y arengas.