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biendo el relente, el aliento del río que subía de la hondura hundida en la sombra, las humedades de los huertos! Cuando, la oyó toser, se le ocurrió que las veladas al aire libre, después que daba las doce la campana grande de la catedral, tan íntimas y misteriosas, podrían hacerla daño. La vio luego en misa, y le horrorizó la demacración de la pobre muchacha. Entonces determinó entrar en la casa y hablar al sargentón de la tía, que le recibió como un dogo: el feo hocico arrugado y enseílándole los dientes. Por fortuna, no llegó á morder; era más ladradora que feroz. Pero el mal no tenía ya remedio; aquellos pulmones se desmoronaban, se deshacían. Poco á poco la terrible enfermedad fué estrecíiando á la tierna criatura, á la que había sorprendido indefensa y acorralándola hasta encerrarla en la casa. Primero la echó de la reja, después del claro del huerto, bañado en el invierno de sol, y al cabo de esta campafia de tigre que adelanta paso á paso hacia su presa dispuesto á saltar, la sepultó en el butacón situado junto á la ventana, último asilo de los tuberculosos en su avidez instintiva de estar lo más en contacto posible con la hermosa Naturaleza, que presienten perdida para ellos, que pronto han de dejar para siempre. La pobre viejecita ignoraba estos amores primaverales y continuaba con tesón su propaganda en pro de la casulla, enderezando á su hijo unas epístolas que parecían dictadas por el propio San Agustín. Un día, á pesar de la consoladora venda que la esperanza de vivir pone en los ojos, la dulce muchachita tuvo el presentimiento de su próxima muerte. Había traído aquella mañana el correo una de las cartas maternales más elocuentes. La jovencita, de que la leyó, se quedó un instante pensativa, con la mirada vagando por el espacio, y luego dijo de pronto, sonriendo con infinita tristeza: -Rosendo, tengo que pedirte un favor. ¡Concedido con el alma y la vidal la interrumpió su novio. -Pues ¿me quieres mucho? ¡Y lo dudabal ¡Qué cara de santa indignación puso él al oír aquella blasfemia! Ella entonces acentuó su sonrisa, y continuó blandamente: -Bueno... pues ahora opino yo como tu madre. Perdóname el egoísmo, pero yo también quiero que que seas cura. Júramelo! ¿Que quieres que sea cura? ¿Y tú? -Yo yo me muero; ya lo sé, aunque procuráis ocultármelo, y me moriría tranquila si supiera que no liablas de ser de otra mujer, Rosendo, ocultando el efecto que tales palabras, reflejos de la verdad, le producían, trató de borrar de la mente de la muchacha semejantes ideas, v habló mucho del porvenir, con la volui dice. La primavera la sentaría muy bien; ía á echarse á los pies de su madre, á confei no se dejó arrollar por aquel torrente de isistió en su súplica, y entonces el mozo la e por cariño á una niñada; -Bueno, juraré todo lo que tú quieras, p ra que te tranquilices. Seré cura! Ahora tendrás tú que prometerme que te meterás monja. III Había sido la ceremonia una cosa espléndida, con órgano y colgaduras de terciopelo y arañas en las arcadas. El mismo D. Lucas, que apadrinaba al neófito, desconocía su iglesita humilde con semejantes galas. La pobre anciana, llorando hilo á hilo aunque en silencio, asistió á la misa an- odillada en el presbiterio. Cuando vio á Rosendo con la casulla de oro y oyó su voz juvenil, aquella voz queridísima, se aferró á su rosario como ufrago á una tabla. Creyó morirse de felici ya podía morirse, puesto que el Señor mise- ioso acababa de concederla la suprema áspide toda su vida: contemplar al mozo con inos de la fe tendidas hacia el Tabernáculo 1 altar; recibir la primera bendición de su icerdote. a esperó al muchacho en la sacristía, y sin I esnudárse sé arrojó á su cuello en cuanto él i una cosa tiernísima aquella anciana venerable abrazada á aquel cura joven revéntído acabando de oficiar. -i Gracias, hijo de mi alma, gracias por haber accedido á mis deseos I ¡Si vieras qué feliz soy I Rosendo no contestó á esta explosión de ternura sino estrechando más á su madre, y mieútras en el alma le roía algo como un remordimiento al recibir aquellas gracias que no merecía, su mente se Je escapó por la ventana de la sacristía, murmurando con el corazón y dirigiéndose á alguien que no estaba allí: -I Ya puedes dormir satisfecha! DIBUJOS DE M Í N D B Z B R I N G A ALFONSO PÉREZ NIEVA