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LA PRIMERA MISA 1 1 11 i 1 v El la hablaba mucho de su madre, y la hablaba con calor, con entusiasmo, con venera. Tj y ción, como de una cosa santa, l ií tós. describiéndosela ron verdadero deleite, y así había llegado la muchacha á saberse de memoria á su suegra futura, á saber de qué color tenía el pelo y los ojos, cuál era su carácter, sus costumbres, sus gustos, sus habilidades, el primor con que hacía la compota de grosellas y con que rizaba los roquetes del párroco, su grande amigo. Los dos novios vivían más en el pueblo que en la ciudad, porque careciendo la chica de madre, sólo existía la del mozo de que poder ocuparse en sus coloquios. í- La alcoba de la pobre anciana daba al huerto y tenía una ventana vestida de madreselva que ate nuaba la luz. L a cama estaba situada de modo que con SÓIQ incorporarse veía la viejecita sus higueras, á las que acudían los pájaros. E n la consola de la sala había dos santos y una virgen de talla metidos en fanales, y en las paredes el martirio de San Esteban en litografías. E a r a era la habitación de la casa que no contaba con algún adorno religioso. Por poseer, hasta poseía u n altarito en el que celebraba sus novenas con los dos valetudinarios criados que la servían. ¡Qué dulce paz adivinaba la muchachita en el obscuro rincón, entrevisto á través de las pupilas de su novio! Porque aquella señora tan piadosa no sería capaz de rechazarla, mucho más cuando se enterara de su soledad, de que vivía en el mundo sin otra familia que una vetusta tía centenaria que se moría á chorros. El estudiante se lo juraba; sería recibida con los brazos abiertos, y se contemplaba la niña de rodillas ante el altarito, á la izquierda de su madre política, rezando el rosario antes de cenar. Aquella carta resbalada del bolsillo vino á destruir el idilio soñado en las horas de meditación. La muchacha tuvo una curiosidad natural, quiso ver la letra de la viejecita, y sin pedirle permiso al novio, con la infantil imprudencia de la mujer cuando se siente adorada, comenzó á leerla. A. los pocos renglones palideció, y al deseo nimio de satisfacer una curiosidad siguió un anhelo penoso de enterarse de lo que allí decía. E n vano el joven intentó arrebatarla el papel. Ella lo defendió heroicamente hasta que lo terminó, y echándose á llorar, balbuceó entonces con profunda pena: Quiere que seas cura! ¡Adiós idilio y rosario rezado en la salita de los tres santos, y vida- plácida en el retiro del pueblo sin otra palpitación que el amor de su Rosendo! De la cruz á la fecha resultaba toda la carta una diatriba contra el demonio, que era ella! puesto que ella le apartaba del florido camino de la perfección espiritual de que le hablaba en todos los párrafos. Qué terrible ataque á su dicha I La madre aconsejaba á su hijo que dejara la Universidad desde luego y que ingresara en el seminario. Ko comprendía la buena mujer su oposición de ahora al proyecto acariciado siempre. ¿Por qué no cumplía lo prometido de ceñirse el bonete á la vez que aspiraba á la borla azul? Con esa condicional habíale permitido ir á estudiar á la capital de la provincia. Qué ventura si llegara á ser algún día una lumbrera de la Iglesia! No aspiraba á tanto: se contentaba con verle antes de morir sucediendo á D. Lucas, regentando su parroquia. -Y t ú ¿qué piensas hacer? le preguntó la muchacha con suprema angustia cuando concluyó la carta. ¿Seguir para cura, como desea tu madre? El muchacho no titubeó, y metiendo los brazos por entre los barrotes de la reja en que hablaban, atrajo hacia si á la muchacha y la dijo radiante de felicidad: Habiéndote conocido á til ¡Qué desatino! II Se murió u n triste día del otoño. Su espíritu voló con las primeras hojas que cayeron aqcella mañana. Ya lo había pronosticado el médico: en cuanto se desnudaran los árboles, se iría para no volver. Esas afecciones repentinas del pecho, cuando tienen antecedentes de familia, son muy rápidas, arrancan una vida casi por sorpresa. Rosendo se mesaba los cabellos, acusándose de ser el causante de la desgracia. Todas aquellas noches de reja, reci ¡i