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EL GRITO DE UNA MADRE ¿Cómo podían haberse figurado los pasajeros del vapor San Germán que á los tres días de haber zarpado del puerto con rumbo á las fiostas americanas, con una mar tranquila, cielo espléndido y brisa apacible, habían de verse sorprendidos por la más horrible dé las tempestades? Todo era confusión á bordo en aquella tarde memorable. ü n golpe de mar había descompuesto la hélice y no funcionaba; otro, destrozado la mayor parte de la obra muerta, barrido la cubierta y arrebatado á tres hombres de la tripulación. E vendabal había rendido el palo trinquete y llevádose gran parte del velamen y de la jarcia. El buque estaba perdido irremisiblemente. Ninguna esperanza cabía de salvarse. No obstante, el c; apitán, un bravo y experimentado marino, aunque comprendía que la situación era por extremo desesperada, firme en su puesto en el puente, aguantando la furia del viento, del oleaje y de las bandadas del vapor, no dejaba de transmitir sus órdenes á la atemorizada tripulación, que las obedecía ya automáticamente, sin conciencia, por fuerza de la costumbre. Una ola formidable asaltó la cubierta del vapor, rebasando el puente. Cuando se pudieron ver sus efectos, el puesto del capitán estaba vacío ¡Había ido á sepultarse en el inmenso panteón de los marinos! El terror se convirtió en pánico. Inútil fué que el segando de á bordo tratara de reanimar á la gente para que no abandonasen sus puestos. El golpe de ola, además de haber arrebatado al capitán, había inutilizado el timón y, lo que era aún más grave, abierto una vía de agua por debajo de la línea de Ji S flotación. Nos vamos á pique! fué el grito general. -IA los botes! ¡á los- botes! Se abrieron las escotiV. llas. Pálidos desencajados, como espectros que por mágica y poderosa evocación salieran de sus tumbas, se precipitaron sobre cubierta los pasajeros. ¡A los botes I ¡á los bo tes! se gritaba por todas m El buque, sin gobierno, tragando agua por la herida abierta en uno de sus costados como un hidrófobo, se balanceaba con bruscos y desordenados movimientos. La escena fué horrible. Plegarias, gritos de angustia, sollozos, juramentos maldiciones todo en amalgama, todo á un tiempo. A la vez los botes eran desamarrados, botados al agua y ocupados en medio de la más espantosa lucha, provocada por el instinto brutal y egoísta de conser vación. La s a n g r e había corrido, porque se disputa- ¿eSfTfl f Sí m. s