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de simple, notó el espionaje y pareció complai ersé e n desafiarlo y en irritar las curiosidades envidiosas. Oada dia estrenaba galas nuevas, brincos y joyas que hablan reconcomerse á la mozuela y la vo vían tarumba. Ya era el rosario de oro y nácar lucido en misa mayor, ya el rico mantón de ocho puntas en que se agasajaba, ya la sortija de un brillante gordo, ya el buen vestido de merino negro con adornos de agremán. No pasan inadvertidos detalles de esta magnitud e n ninguna parte, y mucho menos en Montonera; pero antes de que el pueblo atónito se convenciese del insolente boato que gastaba la tía Hilaria; antes de que en la rebotica se comentasen acaloradamente las obras de reparación y ensanche emprendidas á todo coste e n el ruinoso mesón, y la adquisición de varios terrenos de labradío de los más productivos, pegados á las heredades de Hilaria y que las redondeaban como u n a bola, ya Zoila había gritado á su padre con ronca y furiosa voz y con iracundo temblor de labios: -TÓ 3 los lujos asiáticos de la tía Hilaria, ¿sabe usté de onde salen? ¿A que no? De la Petronila, n i m á s ni menos I Y ahora, ¿qué ice usté deso, amos á ver? ¿Y qué quiés que yo t e diga? -respondió el paleto, hosco y cabizbajo, con una arruga profunda en la frente y dejando arrastrar la mirada por el suelo. ¿Qué quiero? ¡anda, anda! ¡Que es u n pecao contra Dios que se lo lleven tó los extraños, y los parientes por la sangre no sepamos siquiá que tenemos u n a h e r m a n a más rica que el Banco E s p a ñ a! Sí, señor; no haga usté señal que no con las cejas Ya corre por tó el lugar, y ayer e n la botica lo explicó el médico don Tiodoro Paice que está la Petronila e n Madrí, y que vive una casa grande á mó de palafcio, y por n o faltarle cosa alguna, hasta coche lleva, con dos yeguas rollizas, que n i las muías del señor Obispo. Y na menos que la manda á la tía Hilaria munchas pesetas por cá correo ¿Es eso rigular? ¡Allá ellas 1- -refunfuñó el tío Terrones ásperamente, sombrío y ceñudo. ¡Lo mal ganao, que le aproveche á quien lo come! ¿Y usté qué sabe si es mal ganao? Dios manda pensar lo mejor. Callaron padre é hija, pero sus miradas ávidas, sus plegadas frentes, sus ojillos, e n que relucía involuntariamente la codicia, se expresaron con sobrada elocuencia. Zoila fué la primera que se resolvió á formular el obscuro anhelo d e su voluntad. Retorciendo u n pico del pañuelo y adelantando los labios dos ó tres veces en mohín antes de romper á hablar, susurró bajito, dengosa y seria: -Yo que usté pues la escribía dos letras ¡Na más que dos letras! ¡Medio pliego! ¿Y estaría eso bonito, Zoila? Amos, mujer Como si ahora te fueses á morir, ¿estaría bonito? ¡Después de lo pasao, hija! -Bonito, bonito ¿De qué sirve bonitear? ¡Más feo está que se lleve la tía Hilaria lo que en ley debía ser de usté ó mío por lo menos, eal Terrones alzó la callosa mano y se rascó despacio, con movimiento maquinal, la atezada sien, sombreada por una ráfaga de cabello ceniciento, corto y duro. Por primera vez, desde la expulsión de Petronila, meditaba e n el problema de aquel destino de mujer, e n que él había influido de tan decisiva manera al condenarla, rechazarla y maldecirla cuando cayó. Entonces le parecía al bueno del paleto que cumplía u n deber moral, y hasta que procedía como caballero, allá á su manera rústica, pero impregnada de u n sabor romántico á la antigua española; y lanzada la maldición, barrida y limpia la casa con la marcha d é l a hija culpable, el pardillo se había creído grande, fuerte, una especie de monarca doméstico, de absoluto poder y patriarcales atribuciones. El que juzga, el que sentencia, el que ejecuta, crece, domina, vuela por cima del resto de la humanidad Bien recordaba Terrones que- -en más ó menos rudimentaria forma, -así sentía cuando hizo de justiciero; y ahora, por el contrario, advertía una humillación grande al reprenderle su otra hija, al persuadirse de que la de allá, la maldita, la echada, la barrida, la culpable, tenía en sus manos la felicidad según la comprendía Terrones: poseía los bienes de la tierra. Recordad lo que es para el paleto el diuero ¿Pero y la honra? B a h ¿A quién le importa honra de un pobre? ¡Cuan tas veces el picaro dinero toma figura de honor! No obstante estas reflexiones disolventes, el viejo, frunciendo las cejas con repentina energía, levantándose como para cortar la discusión, exclamó del modo más rotundo y seco, lleno de dignidad é intransigencia: -La tinta con que yo la escriba á esa pindonga, no sá fabrica ni sá de fabricar, mujer. Y antes de que Zoila, aturdida, opusiese impetuosa réplica, sin dar tiempo á que abriese la boca, á que respirase. Terrones se detuvo u n momento y masculló sin transición de tono: Ahora, si tú la quiés escribir... Hija, no digo Tú, es otra cosa. P a eso h a s lo á la escuela y haces ese letruz t a n reondo, que no paice sino que estudiabas el oficio de mimoriahsta. EMILIA P. iEDOB. ZÁN DIBUJOS DE MAXIMINO PEÑA