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COSAS DE rUVIEMO vn Klv Con los medios de calefacción molernos, el brasero, que era una de nuestras instituciones, se va, y se va no sin echar antes una firma. El brasero, como el botijo, la capa y la camilla, es genufnamente español, típico, cosa propia: al calorcillo suyo nos fajaron, de niños, nuestras madres; ya más creciditos, es- uchamos de labios de la abuela los primeros cuentos, y de mayores más de una vez nos han dado con la badila en los nudillos. El bras. ero, que durante el verano vive retirado en la buhardilla haciendo compañía á las alfombras, á las primeras avanzadas del invierno baja á dar lo suyo; calor á los que se sientan á su lado. Con el brasero es con lo primero que se brinda al recién llegado en los crudos días: Siéntese usted aquí. Hay un buen fuego decimos apretando con la badila la lumbre, bien defendida por espesa capa de ceniza; el que llega ocupa su puesto en el corro, se frota las manos y las extiende sobre la alambrera, especie de vestal que protege el fuego sagrado. El brasero, como las personas, se atufa algunas veces, pero en cuanto se le saca al balcón ó á la calle se le pasa en seguida; porque eso sí, muy español, muy típico, todo lo que se quiera, pero poco higiénico también. La camilla, creada para él, á quien cede toda la planta baja, es su mejor amiga y encubridora. ¿Quién no tiene apuntados en su vida de mozo, de estudiante, recuerdos gratos nacidos al amparo de tan simpático chisme? Pero doblemos la hoja, ó la camilla, si ustedes quieren, y sentémonos otra vez en torno del brasero, que por muy á menos que haya venido, siempre quedará como el mejor abrigo de la clase baja y tendrá su público. Por la mañana muy tempranito, una de las ocupaciones indispensables, la primera operación que realiza la mujtr pobre, es la de encender el brasero que ha de caldear la habitación durante el día; las vecinas del corredor que no pueden permitirse ese lujo, van en procesión, unas á sentarse al lado de la lumbre, otras á pedir un ascua para encender una chispita de cisco que las quedó del día anterior. Ello es que la primera vecina que enciende el brasero tiene que proteger á las demás; y allí, en el centro del corredor, el brasero sirve á las comadres de asilo de murmuración; ante la lumbre se desatan las lenguas, y en aquella bolsa se cotizan todos los actos de la vecindad; si la Fulana vino tarde del teatro, si la Mengana lleva sus buenas arracadas de brillantes, si la Zutana tiene ahora peinadora y antes no, todo se fisga y se desmenuza; luego, la vecina del número 2 pide permiso al corro para secar sobre la alambrera la camiseta recién lavada de su marido, la otra del 4 un huequecito para calentar un bote con agua, la de más allá sitio para las tenacillas... lo que se llama un brasero de vecindad.