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y en estilo cortés, pero sincero, habló de esta manera á sor O audia Manrique y Benavente, excelente señora y madre superiora de la Oomunidad de San Vicente: -No me he querido marchar sin venir á saludar, como era lógico, á ustedes, y nunca podré olvidar tantas y tantas mercedes cortio conmigo ha, n tenido. -I Si esto es una pequenez I y el señor nada ha comido I- -Tres dulces. -Mas no ha bebido un poquito de Jerez. ¡Es fuerte I- ¡No lo hay mejor! Y viniendo su Ilustrísima, ¿qué menos hacer, señor, que sacar- -Tengo malísima, la garganta. -Eso es peor. -Después que haya confirmado, pues vine con ese intento, tengo, señora, pensado visitar todo el convento, y entonces- -I Dios sea loado I- El templo es bueno! -Verdad. ¡En toda la cristiandad no hay dosl- -Y según oí, se celebra el culto aquí con toda solemnidad. ¡Eso siempre 1 Habrá pobreza, pero exactitud en todo: cuanto hay que rezar, se reza; luego ¡será una simpleza 1 pero se canta de un modo en esta casa, que á mí me aumenta la devoción. ¡Gentes que han venido aquí se han entusiasmado! -Sí; sí, ya he tenido ocasión- -Sor Petra, que es la organista y una consumada artista, cuida de eso- -No está mal, porque eso salta á la vista; quiero decir. ¡Es igual I: Luego, no hay ning 4 n descuido, pues sabemos dé corrido cántese lo que se cante. ¡Pues algo llegó á mi oído que me ha chocado bastante! ¡Ay, Jesús! ¿Quéle ha chocado? Pues nada ha dicho sor Petra, y ella el órgano ha tocado como un ángel. -Pi el pecado no es de música, es de letra. Hay en lo cantado ahora una frase seductora; quam dilecta tabernácula, y en esa frase, señora, es en donde está la mácula. ¡Cómo! Pues si hemos cantado toda la frase completa! M a s dice el texto sagrado qwam dilecta, y la han cambiado ustedes por can- dileta. ¿Y esa es la equivocación? ¿Y le parece á usted poca? Pero en fin, eso es cuestión de mera pronunciación. -Pues desde que gasto toca, que fué yo ya no sé cuándo, de entonces, día por día, siempre se viene cantando can- dileta, y sentiría el andar ahora cambiando. Pero, en fin, ¡cómo ha de ser I i es necesario cambiar, yo no me debo oponer, que al señor toca mandar romo á mí el obedecer. No hay duda que la razón la ha de tener su Ilustrísima, mas ya ven nuestra intención con esa equivocación Dios y la Virgen Santísima. El prelado, que luchaba con la risa, y que admiraba tan sublime sencillez, tomó un poca de Jerezj aunque antes lo rechazaba, por dar largas y pensar qué debía contestar, diciendo al fin: -Pues señora, lo mismo luego que ahora pueden ustedes cantar, como hasta aquí, can- dileta, que aunque es la equivocación de gran consideración, no me agrada verla inquieta ni en lucha á su devoción. ¿De veras? ¡Dios sea loado! Nos libra de un grave apuro, porque de un modo impensado siempre hubiésemos cantado- ¿Candileta? Tle seguro. Se puso el prelado en píe, su anillo les dio á bepar, y diciendo: -Volveré dentro de poco, se fué seguido del familiar. Y cuentan que el buen prelado, yendo en su coche tartana, pensó medió emocionado: -Siento el haber apurado á esa pobrecita anciana; pero en la tierra no habrá monja de cráneo más duro; ella el cielo ganará, que es buena, mas de seguro con su can- dileta irá. y eso en el mundo sucede; nadie de su empeño cede aunque se vea el error, creyendo que no se puede pensar de un modo mejor. Todos, si bien se medita, somos de la misma veta dé aquella infeliz monjita, y es la terquedad que gritai: ¡can- dileta! ¡can- diletall MARIANO RTJIZ DE ARANA Dinraos DE MÉNDEZ BRINGA