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QUAM DILECTA... En una escondida aldea, que acaso nadie la vea por lo escondida que está, sucedió lo que sabrá la persona que esto lea. Ante todo, es d rigor describir el sitio aquél, y así lo haré: cPues, señor, aquel sitio era un primor, un paraíso, un verjel. Qué olivares 1 ¡cuántos pinos 1 I qué viñedos! ¡qué colinas y qué preciosos caminos! I qué amables los campesinos I y luego qué campesinas! Con su saya y su jubón descienden á la pradera, llevando en p ácida unión el cántaro en la cadera y el novio en el corazón. Y en la fuente cristalina, cuando la tarde declina, comentan sus relaciones, hablan mal de la vecina y rezan las oraciones. Que allí, como en todas partes, lo mismo en lunes que en martes algún rato se murmura; que es mezcla la criatura de buenas y malas artes. Pues bien; dejando la fuente, y tras de andar un momento, se encuentra uno frente á frente de un magnífico convento de monjas de San Vicente. Un convento bizantino de medianas proporciones, de retablo alabastrino, y un San Vicente divino que está pidiendo oraciones. Allí todo es humildad y limpieza y santidad y buen gusto, á un tiempo mismo, y ea que la comunidad con ferviente misticismo cuida del templo á porfía con la mayor alegría, por ser obra meritoria, y porque el templo es la vía por donde se va á la gloria. El coro es otro primor donde cantan al Señor sus salmos las religiosas; pero, como es de rigor, siempre en latín y gaugosas. Y aunque arte y latín padecen alguna vez detrimento, ser escuchadas merecen; que las almas se estremecen con tan santo arrobamiento. Bien pudieran enmendar el modo de pronunciar algunos de los latines, cuando tocan á rezar tercia, laudes ó maitines; mas ¡qué importa! sin recelo Dios las entiende y las ve que, postradas en el suelo, sólo viven por la fe con la esperanza del cielo. Así las cosas, pues, una manaría, de un coche con ribetes de tartana bajó un obispo con su familiar, llegando allí con la exclusiva idea de detenerse un día á confirmar á los chicos y chicas de la aldea. Hecho el recibimiento, y lanzados al viento cien cohetes, por puro regocijo, el buen señor bendijo á todo fiel cristiano que le quiso besar anillo y mano; y seguido del cura de la aldea, del capellán de monjas y de gente que por verlo le empuja y le rodea, en el convento entró de San Vicente por orar un momento y conocer las madres del convento. Éstas á la sazón cantando estaban el oficio del día, y al ver con alegría que entre las gentes que las escuchaban estaba nada menos que el prelado por todos deseado, quisieron dar al rezo, por lo mismo, mayor solemnidad y misticismo; mas causando á la vez hondos agravios al latín que salía de sus labios, que al cantar Quam dilecta, tabernácula tua- claramente can- dileta dijeron, y el prelado, á quien la candileta le había dado en mitad del oído, con aire entre asombrado y sonriente cerró los ojos, arrugó la frente, diciéndole al Señor, muy compungido; Tú, desde el cielo donde excelso moras, de fijo has traducido lo que quieren decirte estas señoras Ya el rezo terminado, el bueno del prelado ver á la madre superiora quiso; y una vez dado el oportuno aviso, al locutorio, en fin, se dirigieron con el obispo, el capellán, el cura y el familiar; y allí, con gran premura, como era natural, también salieron algunas monjas tras la celosía á saludar, con pompa y alegría, al buen obispo, donde le ofrecieron un bizcocho manguito capaz de abrir á un muerto el apetito, yemas de San Leandro, capuchinas, un sinnúmero, en fin, de golosinas, y un Jerez que se hallaba embotellado desde el siglo pasado. Jerez que transformaba de repente al hombre más cobarde en un valiente. Escamado el obispo, no quiso le sirviesen ni una gota, pues pensó cuerdamente: ¿Y si me achispo y luego se me nota? Y sentado en sillón de antiguo cuero, tomó una friolera.