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INTERVIEWS CON BERNARDO (EL DE LA ESPADA) -Doy á usted mi más completa enhorabuena, D. Ber nardo. ¿Por qué, amigo mío, por el éxito dé Badajoz ó por el de Cleopatra? ¿También lia sostenido usted correspondencias espi- rituales con esta señora? ¡Qué dirá cuando lo sepa sor María de Agreda! ¿Y usted qué papel desempeñaba en la obra de Shakespeare? -ün papel que. ha suprimido Selles: el de Octavio, heredero de aquel Julio César que fué asesinado, como usted sabe, por Angiolillo. ¿De modo que usted se queda entre bastidores y recoge la herencia? Vaya, no es mal papelito! Y pensar que consiga tan altos destinos un hombre que tiene una espada que ni pincha ni corta! -En primer lugar, señor periodista, mi espada no es espada; es daga, una daga que se ha ido alargando. ¿Cómo puede alargarse una daga? -Sacándola á provincias. ¿Usted no ha visto que los novilleros, á fuerza de recorrer plazas provincianas, se convierten en espadas? Pues lo mismo le ha sucedido á mi instrumento. Era arma de novillero florentino, pero la llevé á Burgos, Valeijcia y Badajoz, y pronto será estoque de primer espada. Ssgasta nos va á dar la alternativa. ¿E n qué plaza? -En la píaza electoral. -Será en lidia ordinaria. ¡Naturalmente! -Quiero decir, que no habrá caballeros en esa plaza. -N 6, señor; nada más que monos sabios y diputados de la mayoría. -IAh, ya! ¿Tendrá usted su Correspondiente mozo de estoque. -Mi mozo de estoque es Toca. -No se pondrá en el callejón. ¿Por qué? -Porque si inclina la cabeza al ruedo, resulta plaza partida. No tenga usted cuidado; ya le pondremos las narices en sitio conveniente. ¡Ahora comprendo por qué se ha aliado usted con Pidaír -Pues 3 o no lo he entendido todavía. -Para que Toca descanse sus narices en las honradas masas. -Señor periodista, acaba usted de darme una idea. ¡La soltará usted en Feguida en la Asociación de la Prensa, como si lo viese! Pero volvamos á su espada de usted, señor Bernardo, é pada que fué daga áhtés, y será con El Tiempo y Martíné Campos mango dé sártéfl para que usted tenga ésta por aq I. Yo afirmé qtié ni pincha ni corta, y usted tuvo á bien íCescBentirme. -Gón hartó motivo, señor peridüirta, Mi espada pincha. -En hueso. -No, señor, enjos mismos rubios. P o z c C -Deje usted en paz á mi escudero. p- -No le creía á usted D. Quijote; y eso que la dama de sus pensamientos, quiero decir, la selección, me sonaba algo á doña Dulcinea del Toboso; entre otras razones, porque nos moriremos todos sin verla. -Puede que si; ¡pero es tan hermosa- -Enséñeme usted un retrato suyo. -No poseo ninguno. -Aunque sea del tamaño de de la generosidad de un editor correligionario de usted. -No lo tengo ni aun de ese tamaño. -Pues más pequeño, imposible. Ea, concedamos que su espada de usted pincha; pero ¿y cortar? -Bien; en eso estamos conformes. Cortar no corta mucho todavía, porque no ha cortado nunca él baca ao, y quizás cuando llegue esa ocaeión haya que afilarla. -Sí, señor, D. Francisco, quiero decir, ü. Bernardo, hay que afliar a. Los ocios de la vaina que esa espada disfruta desde que usted se despidió dé D. Antonio, afligiéndole vivo para llorarle muerto, habrán acumulado mucha herrumbre en su filo. Tal vez tenga también algunas mellas. No sé qué oí decir de liquidación cubana, que me hizo el mismo efecto que el ver una raja en ése acero. Además, yo sé que el alejamiento de Klduayen les ha hecho á ustedes bastante mella. El caso no merece ni los honores de la discusión. Hay que afl arja! ¿Pero en qué piedra realizaré tan delicada operación? -En la de uno de los reyes dé la plaza de Oriente. Elija usted el más antiguo, y se quejará menos. Hombre, I si encontrase lis led á Wamba I- ¿Y no me detendrá la policía por sacar con mi acero chispas de un rey godo? -Cuando no le ha detenido á usted ya por sacarlas con su p uma de una pobrecita sor... -Pues ¡eal no me atrevo. Yo sé el respeto que se merecen los reyes de piedra, y jamás, jamás, señor periodista, acercaré mi espada al augusto luerpo de no de ellow. iQué diría Azcárraga el organizador, qiíe va también para ectátua de esa clase! ¡Buen bloque! -Indlqueme usted otro medio. -No le hallo; pero cielos! ¿qué es uaho? ¿No oye usted en la calle el dulcisiiuo son de uno de esos instiumentos que se tocan como si uno fuera á cerrar un sobn? ¿Será algún poeta que haya escrito una caita dando un sablazo? -Nada de eso: es el hombre que necesitábamos para afilai; su espada de usted. Escuchemos. (Voz formidable en la calle: j El amolador! -Nos hemos fastidiado, D. Bernardo. Ése que pasa es para ueted Romero Kobledo I GiNÉs DE PASAMONTE DIBUJO DE BLANCO CORIS