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VÍSPERAS ELECTORALES Seguramente la turba de candidatos á quienes cobija la bola de Gobernación, así como el tropel de diputados que lanzan sus postrimeros ayes en el salón de Coíiferencias, habrán comentado sabrosamente los últimos escándalos parlamentarios del Palais Bourhon. ¡Qué vergüenza para los franceses i Y ¡qué consuelo para nosotros 1 Porque en toda la historia de nuestro Parlamento no tropezará su mayor enemigo con página tan negra como la- qué acaban de escribir á puñetazos los socialistas y los orleanistas franceses. En buena hora lo digamos. El relato de tales escenas no sólo ha merecido reprobación universal en nuestros centros políticos, sino que ha producido más de un desmayo al cunero A, al yerno Z y al encasillado H, que jamás soñaron con ver expuestas á tales peligros, primero sus personas, y luego las estiradas pecheras de sus camisas. Ni haya miedo de que prosperen en este país esos ejemplos perniciosos que con tanta frecuencia llegan, ora de la Cámara francesa, ya del Keichstag austríaco, bien del Parlamento alemán, ó del portugués, ó del propio serióte Parlamentó británico, donde la eterna cuestión de Irlanda ha promovido mayúsculos y repetidos alborotos. Aquí no hay eso. Los diputados españoles no pegan á nadie. Próximas están las elecciones; dentro de un par de meses podrán ustedes leer las listas de los diputados nuevos, y verán ustedes cómo no pegan. Ni con cola. ¿Qué significan casos aislados como el del duque de Tetuán, ó algún otro que podríamos recordar haciendo esfuerzos de memoria? Nada, golondrinas que no hacen verano y excepciones que confirman la regla general. Bien seguro estoy de que P. Trinitario, al limpiar estos días la máquina electoral en presencia del coro de candidatos y demás comparsería, habrá sacado partido (liberal, por supuesto) de los últimos sucesos para dirigir una sentida plática á los huéspedes del encasillado. -Ya veis, hijos míos, ó de cualquier otro personaje ministerial, á qué extremo conducen muchas veces el afán de independencia, el prurito de oposición, la manía de la notoriedad en los representantes del país. A buen seguro que vosotros sabéis vuestra obligación tan bien como el primero y comprendéis que el cargo de diputado trae aparejadas, y muy aparejadas, la obediencia, la sumisión, la conformidad y otraq virtudes no menos españolas. No, no haya cuidado de que ocurran jamás en Madrid colisiones parlamentadas. Gracias á Dios, hemos llegado, en punto á educación política, á la más exagerada cortesía y á la, más exquisita finura. Si algún partido se siente molestado en el Parlamento, no temáis que dé voces ni que se descomponga un solo instante Apela al retraimiento, y se retira con dignidad del salón. Que es lo que decía á su mujer el baturro del cuento: -Pa que veas que tengo mal genio, me voy á- la cama sin cenar. Si hay que resolver algún asunto de capital interés para la patria, de esos que por su trascendencia levantan las pasiones y agitan á los partidos, no temáis tampoco que la lucha estalle. Se cierra el Parlamento, y el Gobierno paternal se encargará de hacer lo que mejor le cuadre, mientras los diputados se pasan la tarde en la cervecería y la noche en la Zarzuela ó en Apolo. Y si no hay más remedio que llevar á las Cortes éste ó el otro asunto de peligrosa discusión, con hacer del negocio no sólo cuestión de Gabinete, sino cuestión patriótica, quedan puestos fuera de la ley todos los que no piensen como piensa el que manda.