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Mariano se crió entre los barranquillcs y lodazaíes de las afueras del Puente de Toledo, ejerciendo necesariamente las industrias de mendigo, colillero y arenero. Cuando contaba siete años murió la Milagros, y ya impuesto y secundando á su padre casual en las lucrativas profesiones de trapero y otras más honrosas, por un mal resultado de estas últimas el tío Garduña fué, y no por su voluntad, á tomar baños de mar á Ceuta ó al Peñón de la Gomera. Mariano quedó solo en el mundo, pero sabia lo bastante para arreglárselas, y además tenía amigos tan buenos, que en un negocio de robo c in fractura, que fracasó, le comprometieron, y gracias á su menor edad le condenaron por po eos años al correccional de donde era capellán el Padre Ramón. Tal fué la historia de su vida que contó al sacerdote, y cuyo principio, como la iiora, día del año y lugar en donde le encontró, se lo comunicó el lío Garduña á través de la reja del locutorio del Saladero días antes de emprender por cnenta del Estado su viaje allende el Mediterráneo. El buen capellán del correccional logró su propósito. Cuando á los seis años de su ingreso en el Establecimiento penal salió Mariano con su licencia, no era el criminal que iiabía entrado. Era un joven instruido por las lecciones del sacerdote, que él supo aprovechar con su talento claro é inteligencia despejada, y era más aún; era un hombre religioso, moral por convencimiento. Pero el Padre Ramón había hecho más por él. No queriendo dejar expuesta á los rudos combates de la vida dentro de la miseria aquella alma que él había logrado regenerar y redimir merced á su eficaz recomendación, hizo que entrara en calidad de sirviente en casa de un virtuoso párroco de un pueblecillo de Castilla. Mariano supo corresponder á los beneficios de sus protectores. Diez años más tarde, en una de las capitales más importantes de España, era universal la fama de las virtudes, la caridad y la elocuencia del Padre Mariano. lío obstante, el exconfinado, elevado por sus virtudes y talento al sagrado cargo sacerdotal, á pesar de pedirlo fervorosamente á Dios en todas sus oraciones, no podía acabar de extinguir en su pecho el amargo rencor que abrigaba hacia la mujer causa de las desdichas de sus primeros años, por el abandono en que le había dejado. ¡Hacia su madre! Cada vez que este recuerdo venía á su mente, el sacerdote caía de rodillas, y po pudiendo pedir á Dios que la perdonara ni que le diera á él fuerzas para perdonarla, considerándose impío y soberbio, pedía para sí perdón, deshecho en lágrimas. Con dulces y cariñosas palabras, el Padre Mariano, á la cabecera de la enferma, procuraba tranquilizarla y que comenzara su confesión. Había sido una gran pecadora, que en el ocaso de su vida, perdidas su belleza, su juventud y sus bienes, moría sola y abandonada en el miserable lecho del hospital. Por fin la enferma comenzó á relatar el catálogo de sus culpas al ministro del Señor De pronto el ceño del Padre Mariano se frunció; su mirada, dulce siempre, se fijó en la, enferma con dureza, y bruscamente la preguntó: ¿Y- abandonó usted á su hijo? -Sí padre mío- ¿Dónde? -A la puerta de una iglesia... en Madrid... en la de la Virgen de la Paloma Así me lo dijo mi doncella- ¿Sin dejar con él algún indicio para su identificación? -No, padre. fui muy infame: sólo hice clavar en sus ropas un papel diciendo que no estaba bautizado, y con el papel un billete de mil pesetas para la persona que lo recogiese- -iJesúsl Jesús! Y ¿cuándo? ¿en qué fecha fué eso? preguntó el clérigo. r -El 10 de Enero de replicó la enferma con voz j 3 TM- w ¿esfallecida. ¡El 10 de Enero! Oh, Dios mío. Dios mío gimió el sacerdote; y cayó de rodillas. ¿No hay perdón para mí, padre? Í 4i r gritó la enferma cQn supremo esfuerzo. j x H- El sacerdote no contestó. ¡Oraba con L A t f B todo el fervor de SU alma I vj i f i ¡Condenada, Dios mío, condenada! i JaSlft- gimió con angustia la moribunda. é fjá Jfi. F f clérigo se levantó rápidamente. Jf f w. SC De suts ojos s. é escapaban dos toS PÉ 5 sS 8 rrentea de lágrimas. w- iSJl a inclinó sobre eUeeho, y abrazando con inmensa ternu r Sn ra el cuerpo de la anciana, con voz ahogada por los sollozos la dijo al oído: 4 K -m j E S P- ¡No! ¡condenada no! Porque yo, madre mía, tu hijo, te perdono, S i i SSKm y Dios también te perdona por boca de un ministro suyo!