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EL PERDÓN Cuando el Padre Ramón vio á los penados que con la última conducción habían llegado al correccional en donde prestaba sus servicios como capellán, se fijó con interés en aquel joven, ó mejor dicho, un niño de diecisiete á diecinueve afios, de hermoso rostro, simpático, no obstante las huellas que el vicio prematuro habían impreso en él. Hombre virtuoso y caritativo, que sabía comprender todo el alcance de la evangélica máxima, de tOdia al vicio y compadece al delincuente no pudo menos de sentir una gran compasión por aquel ser que, V apenas comenzado á caminar por la senda de la vida, habíaY Tf W KHBCWI J J! se internado en la del mal, hasta el pnnto de que la ley WH TM había descargado sobre su cabeza su rigor. Forüió el buen sacerdote empeño en procurar volver al redil aquella oveja descarriada en tan temprana edad, y como el Padre Ramón era tan tenaz en sus buenos propósitos como fácil á abandonar lo que él no juzgaba digno de su sagrado ministerio, y al mismo tiempo era muy querido y respetado por los jefes del penal, no tardó en conseguir tener algunas entrevistas con el joven presidiario. No se había equivocado el bueno del Padre Ramón. Mariano, que así se llamaba el infeliz condenado, era más desdichado que criminal. Con su dulzura evangélica, el excelente capellán logró captarse la confianza del confinado y saber su historia, tan dolorosa como vulgar. Una noche, el tío Grarduña, trapero, encubridor y correJí wBfcrt- í i. -r, g dor de los rateros del distrito de la Inclusa de Madrid, á la madrugada, hora en que hacía su requisa en los montones de basura de las calles de la villa y corte, vio que una mujer depositaba un pequeño lío al pie de la verja de la iglesia de la Paloma y se alejaba rápidamente. El tío Garduña dejó el repleto saco y el gancho en el suelo y se aproximó presuroso al sitio en donde habían dejado aquel extraño depósito. El lío no era otra cosa que un niño recién nacido, en cuyas vestiduras, á la luz del farolillo, pudo ver sujeto con un alfiler un papel que decía; No está bautizado y en otro renglón: Lo que acompaña, para quien lo encuentre Lo que acompañaba era un billete de mil pesetas. El tío Garduña tuvo intención de romper el papel ó echarlo en su saco, el billete en el bolsillo de su sucia y remendada chaqueta, y al chiquillo en el torno de la Inclusa ó dejarlo allí; pero casualmente levantó la vista y su mirada se fijó en la imagen de la Virgen de la Paloma, que en un cuadro sobre el pórtico de la capilla se veía á la luz vacilante de un farolillo que oscilaba pendiente de su cuerda á impulsos del viento Norte que soplaba en aquella madrugada de Enero. ELtío Garduña sintió que recorría un calor frío por su espina dorsal, acaso por la temperatura, ó acaso porque le pareció que los ojos de la imagen, de quien no obstante sus bellas cualidades morales era muy devoto, le miraban muy tristes y suplicantes, como demandándole protección para aquel pobre niño; ello es que le tomó en sus brazos, cogió luego su saco bien repleto, y con su doble carga tomó á buen paso el camino de su casa, situada en el pintoresco barrio de las Injurias, aunque con el propósito de si no era del agrado de su consorte el hallazgo del niño y las mil pesetas, colocar al primero en donde no les fuera gravoso, y el valor del segundo á peseta por duro mensual entre los pequeños industriales de las plazuelas. Pero no sucedió así. La Milagros (que algunos había hecho logrando que objetos perdidos fe encontraran en su casa) se alegró del hallazgo, primero por las mil pesetas y después por el muchacho, porque, como ella decía, se lo mandaba la Virgen de ¡a Paloma, ya que no habían tenido hijos.