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Tr. f í 1 í- í f! Ir í f. intenso, como lapislázuli, luciente como tela de raso; las llanuras peladas de los alrededores madrileños se extienden como arenales desiertos, sin verdores, sin agua. Las mismas llanuras en un día de nieve fingen estepas heladas de Rusia bajo un cielo que parece inmenso cristal esmerilado. El Retiro, la Casa de Campo, la Moncloa, muestran variedad de vegetaciones; la imaginación de los madrileños evoca el Norte con dos hileras de pinos y una montaña rusa; el Mediodía, con un naranjo de invernadero y una palmera enana. La Naturaleza madrileña no ha encontrado su artista; apenas si halla contempladores. Sus crepúsculos vespertinos, de inagotable variedad, no han hallado un Coppée que pueda exclamar orgulloso: ¡Esta tarde en Madrid se ha puesto el sol para mí sólo! Para los habitantes de las grandes capitales, las sensaciones de la Naturaleza sólo llegan al través de sensaciones artificiales, empequeñecidas por referenciaSi De nri paisaje decimos que parece nna decoración de teatro; de unas flores, decimos que parecen pintadas; recordamos escenas de novela al vivir nuestra vida, y citamos versos y frases de libros leídos para expresar nuestros sentimientos. La nieve, más que blanca, -la blancura misma, nos parece sobre los tejados sábanas tendidas, en los árboles golosina merengada; y si mangas de riego, escobones y palas no limpian pronto calles y paseos, protestamos indignados, porque la nieve es bonita, bonita Tin día al año. JACINTO BEN. ÍVENTE tf V í í? í í X J 3 9- Tí L S t í x D i R r j n s DK MÉNDEZ BRINOA