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discutiblemente) y una manta á los pies, de máa vista que utilidad. Y, sin embargo, no se constipan. Ellas, que en sus moradas necesitan tanto confort y tantos edredones, que van á misa ó á las novenas abrigadas de la cabeza á los pies con pieles y paños de lo más costoso; ellas, que para acercarse al tribunal de la penitencia, cada mes ó cada ocho días (spgún aconseje el Padre) no hay remilgo que no adopten en el traje y maneras, ni santidad que no exalten, ni oración que no recen al Sacre Coeur, sobre todo si está escrita por Grilo, para mayor devoéión y regalo de las almas; ellas, que bailan de cuerpo alto cotillones en los palacios de la antigua nobleza, y apenas tocan con la yema de los dedos la mano enguantada de su pareja pira que no se diga que pecan, siguiendo la corriente pagana del desnudo estético, civilizador y naturalista del siglo; t Ilaa, en fin, que se desmayan al ver uli ratón y se pasman de frío en los salones aristocráticos de que acabamos de hablar, ellas son las que, con asombro de cocheros, jinetes y peatonep, dan todas Jas tardes vueltas y más vueltas á la noria del Parque de jMadí id, reclinadas en carruajes abiertos, con trajes de... ilusión, muy propios para realzar perfecciones, pero t a m b i é n para apropiarse una tisis galopante por la vía recta del catarro pulmonar. Es decir, que nuestras delicadísi mas mujeres son más fuertes que los cocheros y que los caballos. Es decir, que los manojitos de nervios que tanto admiran por su esbeltez las razas del Norte, son de bruñido acero, resistentes al calor, al frío y, como he dicho, á las ma- Que vengan los rufOs á patinar en el lago auténtico de la Oasa de Campo, cuando el tiempo y los guardas lo permitan, ó en los estanques apócrifos del Buen Retiro y Madrid Moderno. Encontrarán, en vez de bloques de pieles y sayas cortas como en el Neva, muchos grupos de sílfides bullicio sas y alegres. Muchas bandadas libres de pajaritas de las nieves. Yo hablaba de ellas, de las pajaritas, con un doctor de mucha clientela, y tratando el punto del coche abierlo en invierno, me decía que no lo juzga peligroso, porque exist- í en nuestras mujeres una organización excepcional, maravillosa, una verdadera... impunidad. -Pero la razón, dottor, la razón. ¿La razón de qué? -De esa resistencia inverosímil. -A eso no puedo contestar. Existe la resisten, ia. No pregunte usted más. -Sin eiiibarg i. Yo no acabo de convencerme, y le declaro á usted, amigó mío, que muijii veces, ai verlas así en la Caf teana 1 i- ii c líftiro, tiie han dailii L aiias de acercaiinc al carruaje, Im ilo parar y i ri- cccr c la caiia. -I (i fi ctanitnte. l ero y i le dÍL i á UNt l que s- eiía prcci. id, para des cubrir el aicano. -vcilaf iiurdcnlfo. iHiio? ¿nicri- usted que e aviM ciinn ili) le liaíra á a srnua ¡a autop- ia? i; i LVKI