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-bjT 0 -0 ilHI illlil! que no sólo se abren de puntos como las plumas, sino que en cuanto sienten la humedad se encogen horriblemente. Conozco á una viuda muy afligida cuyo llanto continuo ha dejado tan cortas sus modestas elásticas, que hoy cuando se las pone, apenas la llegan á los hombros. De refajos, enaguas, cabré corsés, chambras y otras prendas femeniles con vistas al ipterior, entiendo poco. Sé que el refajo es prenda de mucho abrigo y de no menos importancia, y lo veo comprobado en un vecino mío, senador completamente vitalicio, quien para andar por casa preflere á la clásica bata un refajo de su esposa, sintiendo no poder llevarlo puesto á las sesiones de la Alta Cámara. Las medias, obligadas á prestar servicio á la humanidad por parejas, como la Guardia civil y los huevos fritos, constituyen el mejor y más directo abrigo de las piernas, y son de diversas clases y de varios colores. Muchas personas usan medias negras. Otras prefieren las medias tintas. Y hay quien no tiene medias porque no tiene medios. Los camisones de señora de dormir, ó mejor dicho, de dormir de señora, son muy largos y proporcionan abrigo seguro. De alguna dama sé que parece que se acuesta metida en un saco atado y precintado. Ella sabrá por qué. IY á cuántas les gusta meterse en camisa de once varas! El canesú es parte importantísima de la camisa. Si yo fuese poeta diría aquí muchas cosas acerca (ya que no cerca) de los canesús, especialmente de los que se llaman calados, no por estar hechos una sopa, sino una criba. Pero más vale que sobre este asunto corramos un velo, no siendo de los más tupidos. En cuanto á las camisas de caballero, estoja: por las de franela para el invierno, y reniego en W M mm 1 t m fa todo tiempo del almidón indispensable y del asesino que lo inventó. ¡Cuántas veces he querido bajar la cabeza humildemente ante los designios de la Providencia, y he tenido que desistir de ello por el maldito cuello almidonado! En las marcas de la ropa interior se ven cosas muy curiosas. Hay quien se conforma con las iniciales de su nombre bordadas con hilo rojo allí donde buenamente cayeren. En cambio, he visto calzoncillos con un golpe de letras bordadas en oro sobre el retrato del dueño y entre ramos de claveles de tamaño natural. Algo más podría decir acerca de la ropa interior; pero temo cansarles á ustedes, y hago punto, no sin referirles antes lo que acabo de oir á mis vecinos Sánchez y López. Compró éste un traje interior de franela de un género riquísimo, y el otro se lo apropió sin más ni más. -Amigo Sánchez, le dijo el dueño de la prenda, eso ha sido una broma de mal género. -No digo que no haya sido una broma, contestó Sánchez; pero lo que es de mal género perdone usted! Al ir á firmar este trabajillo, cuya cualidad de deshilvanado es la peor que puede tener tratándose de cosas de ropa, penetra en mi despacho la criada sonriendo y me dice; -Señorito; ahí está un dependiente de BLANCO y NEGEO. ¿Y qué quiere? -De parte del director, que no lleve usté las poesías de que hablaron, y que vaya usté hoy mismo, pero solamente con la ropa inierior. Me río de la natural extrafieza de la criada, firmo el artículo encargado, se lo entrego al esclavo de D. Torcuato Lúea de Tena (q. D. g. y me retiro á meditar. J- JV xa m Í O ¿JL cA- T