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m -v -r r Tt COSAS DE INVIE 2II0 IV LA ALFOMBRA De las numerosas variedades, ct ¡pos y precios que la alfombra tiene, puede decirse lo que en la comedia Los Hugonotes el ocurrente seminarista: ¿Cuántas clases hay? -No puedan contarle. Y quien lo dude que entre en cualquiera de los, incontables también, almacenes bien surtidos; que empiece á ver, y si no sale con el juicio del revés, habrá experimentado seguramente todos los síntomas del mareo. La alfombra se ha democratizado. Fué reina absoluta, soberana indiscutible y despótica de las casas ricas, ó de las que presumían de serlo, allá en lo? tiempos patriarcales de los braseros de cisco y de la esteta de pleita. ¡Cualquiera osaba entonces llegar hasta ella! Hoy es una adorable burguesa que va á todas partes y se encuentra al alcance de todas ó de casi todas las fortunas. La imitación ha resuelto el problema y operado el milagro. Y con las imitaciones pueden ya tener alfombras hasta los empleados de no muy alto sueldo. Claro es que la copia no es el original ni la imitación la verdad. Pero por algo son obscuros y pequeños los pieos de alquiler madrileños. Y con un esterero inteligente que al alfombrar temple bien los paños y tenga gracia para casar los dibujos se le da gato por liebre (quiero decir, fieltro por tapiz) al más avisado. No hablemos, sin embargo, de las alfombras apócrifas. Su reino no es de ese mundo de la modestia y del ahorro, como no lo es el de las castañeras, los lecheros ambulantes y los mendigos que calientan, con un destrozado cacho de alfombra vieja, el trocito de acera en que se colocan para vender ó para pedir limosna. No; la alfombra pica más alto: tiene aspiraciones, derechos adquiridos y un puesto asignado en la vida social. Y á la alfombra verdadera, á la alfombra de raza, la auténtica, la que cuesta un sentido, hay que verla en los salones brillantts de la grandeza, en los buudvirs coquBtones, de la clase media, y en los despachos, confortables de los rentistas. Entre la legendaria fábrica de la Ronda de Atocha, donde se atesoran á montones alfombras y tapices que representan una fortuna, y los almacenes y tiendas que venden al detall, hay un abismo de precio. Pero las alfombras chic hay que buscarlas en la cepa en su casa solariega: en la Real Fábrica de Tapices. Cualquier alfombra que cueste menos de 15 á 20 pesetas la vara (y la vara es un puñadito de alfombra) no puede alardear de cpureza de sangre ni ir por derecho propio y con legítimos títulos á ser hollada por pies que se estimen en algo. La moqueta, por ejemplo, y el charol son incompatibles. Hay clases, ya lo he dicho. Y es de admirar la alfombra linajuda cuando llega de haber pasado los calores al cuidado de los obreros de don Gabino Sluyck, y trae un penetrante olor á pimienta en grano que desentona momentáneamente con los que las esencias más raffinées espareen por toda la casa. ¡Cuántas dificultades y cuántos WIÍTOOS y atenciones para apearla del vehículo en que viene! J