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No se comprende una dama de la Restauración, del reinado de Luis Feline en Francia y de doña Isabel II en España, sin el pelo en bucles, sin el paí i i chemir y sin el manguito. Las heroínas aristocráticas de Balzae hacían mucho uso del manguito, las bellas patinadoras que acudían á los Pozos de la nieve ó al estanqui á resbalar sobre el hielo, bajo la dirección del buen Carlos alemán de la calle de la Montera, y en compañía del rey D. Francisco, que fué en sus mocedades muy aficionado á este género de sport. El manguito ayuda al velo á ocultar la cara en un momento de apuro, acaricia el rostro de su dueña y le resguarda del frío cuando sale á paseo en coche cubierto en el rigor del invierno. El que no ha metido las manos en un manguito y encontrado dentro de él otras finas y delicadas que las estrechaban, no sabe lo que es el más dulce y suave de los calores; el que llega al alma. Tiene el interior de la aristocrática y confortable prenda femenina algo de nido, de estufa y de estuche, porque las manos de la mujer hermosa, cuidadas dentro de él, son aves cuando acarician, flores cuando se las besa, joyas cuando se las mira. La mujer moderna, cuando se aficionó demasiado al sport en todos sus ramos y emprendió campañas feministas, descuidó sus manos y, por lo tanto, el manguito, y éste se fué reduciendo de taniafio, le confeccionó con seda ó terciopelo, abandonando las pieles, y llegó á su más mínima expresión. Pero la reacción se ha hecho y el manguito clásico vuelve á estar en boga, porque las damas se han convencido de que sin él no pueden conservar bien sus manos durante el invierno, y de que sin manos bonitas, tibias y perfumadas, no puede haber belleza completa. ¡Sea enhorabuena! Porque el manguito de la mujer es nuestro amigo cariñoso; de niños reclinamos en él con gusto nuestra cabeza cuando la abuela venerable ó- la, madre cariñosa nos acoge en su seno; de jóvenes introducimos en él con nlisterio la cartita mensajera de nuestro amor, buscando al mismo tiempo el cariñoso apretóncito que inunda de júbilo el alma, y de ancianos encontramos en aquel inmenso bolsillo la cajita de pastillas que suelen calmar nuestra tos. Por eso decía al comenzar estas líneas consagradas al manguito, que es una de las prendas de la indumentaria femenina simpática y hasta venerable. De piel de armiño le gastaron las reinas y las grandes damas, de zorro azul las cortesanas más famosas, de petit gres iL honrada burguesía. Hoy se confeccionan de varias y diversas clases y se venden á precios muy económicos, pero habrá siempre un manguito- eminentemen te aristocrático: el de marta, que se halla todavía en el guardarropa de las que fueron jóvenes, bellas y elegantes cuando se casó Isabel II, y que hoy sacan en cuanto llega el invierno para calentar en él sus manos y guardar el rosario con que rezan, el Kempis, que las ayuda á imitar á Cristo, y el Tratado de la Tribulación del P. Eivadeneyra, que las enseña á tener paciencia. D I B U J O S DK M É N D E Z BRINGA KASABAL