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COSAS DE lUVIERKO II r M n EL MANGUITO Una de las prendas de la inJumentaria femenina que inspira más simpatías, y casi estaba por decir que veneración, es el maniuito. Y al hablar del manguito me refiero al antiguo, al de nuest- as abue as, ál grande, al q ie la moda, despechada porque no le había podido destruir, fué transformando liatta convertirle en una especie de bolsillo con muclios lazos y perifollos, pero con muy poco carácter. Aquel manguito grande, redondo, lustroso, de la piel más rica y más fina por fuera, y de raso suavemente guateado por dentro, con borlas de seda saliendo por loa extremos, era el verdadero manguit que no servía sólo para calentar las manos diminutas y cuidadas de su dueña, aunque é te era su principal objeto, sino que la prestaba otros importantísimos servicios. Si la dueña era juven, podía servir de burón para la correspondencia amorosa. Si era anciana, para guardar en él el rosario y las gafas. Si iba á misa, dentro del manguito Deyaba el devocionario, y si iba á tiendan, el portamonedas, y en todas ocasiones el pañuelo, el tarjetero, el trasquilo de sales, la bombonera, las diversas moneiías que lian sido siempre indispensables á la mujer elegante 1 s lia habido una casta de perros diminutos que se llamaban de manguito, y en el manguito ee llevaban. Una dama de nuestra aristocracia, muy conocida por su elegancia y por su excentricidad, llevaba dentro de su manguito un pequeño lili que hacía mil m- nadas. El uso del manguita es antiquí- iimo, y en los siglos pasados le llevaron taoibién los hombres. Pero la prenda es exi; usivamente femenina, y bajo este peculiar aspecto es coaio la hemos conocido nosotros, resibtiendo á los caprichos de la moda. Desaparecieron las manteletas, las capotas en forma de calesa, los miriñaques, los volantes, muchas cosas q ie faeron compañeras del manguito, pero él quedó siempre como prenda indispensable durante el invierno para toda señora elegante. En los tiempos de su mayor apogeo las damas le llevaban á las tertulias, y la señora de la casa, si era algo anciana, recibía sentada en su sillón y con el manguito, en el que metía las aristocráticas manos, que sacaba de vez en cuando, caKntitas y perfumadas, para que en ellas imprimiese un beso la galantería de sus amibos.