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LA CHARRADA Ello fué que una tarde se presentó Estevan en la redacción con los dibujos para el baile que lleva este nombre, y que se baila en la simpática tierra de Salamanca. Pero Estevan, que leyó por encima mis cuartillas, me dijo; ¿Qué es eso de charrada? No, señor; lo que yo he pintado es el baile del Bollo, que es el más popular, el t í p i c o Yo volví la cabeza y le dije: ¿Está usted seguro? No lo había de estar 1 Estevan es salamanquino, y por lo tanto, conocedor de la cosa con más títulos que yo. Para salvar mis dudas fui á casa de Bretón, también salamanquino, diciendo para mis adentros; cÉste sí; éste, mi querido maestro, me sacará de apuros. ¿Conque El bollo, ¿eh? exclamó el autor de La verbena. Pues no, señor; se llama La rosca. iLa rosca dice usted? Vaya, adiós, maestro, que usted se alivie. De casa de Bretón á la de Cilla; él tiene familia en Salamanca, su mujer es salamanquina; ahí éste no falla: y así fué. ¿Cilla? Sí, señor, pase usted adelante. Pues nada, no es El bollo, ni La rosca; se llama La charrada. ¿Es de veras? ¿Está usted seguro? ¿Se puede saber cómo se llama el baile característico de la provincia de Salamanca? Y, efectivamente. Cilla, con su proverbial galantería, mandó llamar á dos criadas que tiene del mismo Salamanca, y delante de mí, sentado yo en un sillón como si estuviera presidiendo unos juegos florales, bailaron las muchachas al son de la destemplada voz de Cilla, que imitaba el tamboril, el baile La charrada, con tal éxito, que hubo de repetirse. Efectivamente; de lo dicho por Cilla y de los informes que adquirí sobre el terreno dos días que he estado en Salamanca, puedo decir á ustedes que el baile típico de los charros es La charrada. No podía faltar la clásica tierra de la gente moza, de los traviesos estudiantes que dieron vida á una Universidad la más famosa, de los bravos y viriles charros y de las airosas charras galleando su cuerpo con riquísimo traje prendido por bordados y lentejuelas; no podía faltar la provincia de Salamanca en este concurso de bailes, tema de nuestro Almanaque, por el que hoy desfilan retratados en danzas populares los diversos temperamentos y costumbres de todas las provincias, desde la petenera llena de luz y de alegría, reflejo de aquel cielo, de aquel sol caliente que hierve la sangre, hasta el acompasado zortzico de las Provincias Vascongadas, de ese zortzico que lleva en sus giros melancolías y dulces cadencias de la gente del Norte, El baile es además el mejor pregón de la felicidad de los pueblos; la alegría no tiene otro medio de comunicación que alborotar la sangre, y como es contagiosa, la gente baila de contento en cuanto que la alegría se hace presente. Por eso se baila de gusto cuando se recibe una buena noticia, cuando toca eL gordo, cuando se matrimonia, por más que en estos casos hay quien pide más tarde que le quiten lo bailado. Pero se impone la mutación. Estamos en Salamanca en una tarde de fiesta, en que la alegría corre por los cuerpos y anima las piernas para la danza. Ya están colocados en un extremo de la plaza el tamborilero y su acompañante. El charro se adelanta, busca con la mirada á la moza que le da sus amores, y cuando está frente á ella la invita y comienza el baile, que se diferencia de todos los demás en que el cuerpo y la cabeza se mantienen firmes; toda la destreza y la gracia están en el trenzado que hacen con las piernas, recordando algo la gija inglesa. El mérito del bailarín estriba en eso, en el repiqueteo de los pies y en la mayor ligereza para moverlos. En las bodas, y aquí ya tiene razón el amigo Estevan, se coloca un bollo encima de la mesa, y aquel de los charros que mejor baila, tiene derecho al bollo y al coscorrón, esto es, á bailar con la novia. En otros lugares de la provincia, y aquí también está en lo firme el t- j (í t s maestro Bretón, en lugar de bollo es una rosca, pero té: