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u y LA MUIÑEIRA Para entender el sentido de la muiñdra vn preciso liaber nacido en los valles gallegos, resf 1 pirado desdo el primer día de la vida su am biuite. Sólo así se percibe la expresión de una música tan pastoril, de un baile tan virgiliano. No es la costumbre de verla bailar lo que me hace sentir la muiñeira. La JOTímeiVa ¡ay! ya no se baila en Galicia. Va siendo una 4 curiosidad, una rareza, un objeto ¡I J arqueológico. For todas partes la reemplaza una danxa indefinible, %1 grosera, que se llama el úoradi (I ño; parodia ridicula de los bailes AV- so techado, algo que miramos con indignación al pasar por las carreteras, las cuales son ahora el escenario de los regocijos populares, antes cobijados por la húmeda y olorosa sombra de los castaños en flor ó los vetustos nogales que rodean la ermita. Ya no se baila aquel baile, más que tradicional, atávico, de orígenes tan misteriosos como los de las danzas guerreras de Escocia y la iraWíHa asturiana, baile de salvaje energía, atrevido ó impetuoso en el varón, deliciosamente tímido y púdico en la mujer; baile en que sólo se concibe que tomen parte los mozos disponibles para combatir y las vírgenes de la tribu, pues su carácter no se aviene con la vejez ni con el estado matrimonial, y las matronas y los petrucios lo miran desde su asiento guiñando benévolamente los ojos y riendo con socarronería, como los ancianos de Troya, en lalliada, cuando se gozaban en las proezas de Héctor. La dignidad, la valentía, la gracia, la pureza apasionada do la muiñdra fueron parte á que antaño, en tiempos más democráticos porque eran niás patriarcales, los señores del territorio, loa landlords, no se desdeñasen de bailarla al par. de sus caseros, foreros y arrendatarios. Aun hoy, en el Ribero de Avia como en el Ribero Miño, los que conservan la tradición de la bella muiñdra ribeirana, con sus punteados, sus repiniques, su acompañamiento de postizas, su so A l saoramento, son sañontos y séñoritííB ¡L t, s más antiguas familias de aquel interesante país galiciano. Y todavía ocurre alguna vez, si bien ya os caso raro, que en las fiestas pitronales, en a plaza del pueblecillo, una señorita, hecha á deslizarse girando sobre ¿Mrgweís de ricas maderas, salga con los ojos bajos, en la actitud, mística á fuerza de ser pudorosa, de las aldeanas, á abrir el baile popular, á dar la señal de una de las últimas rmáñdras... La música ele Galicia, hasta poco há desconocida, es admirable por su poesía íntima y su tristeza hermosa, la tristeza hena de lirismo de aquellos carnpos siempre plácidos, sin tonos violentos; pero en la muiñdra, lo mismo que en la aZ orató, no domina lo triste, ó está compensado por una maliciosa alegría, una explosión de júbilo pasajera, conio son siempre pasajeras las alegrías del aldeano. Hay humorismo y donaire en las notas rústicas de la muiñdra, que parecen saltar á manera de pajarülos moviendo susurros entre el ramaje, salpicando por los aires gotas do AÜSgro I i; 11