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¿Latas otra vez? ¿qué será esto? Alguna otra mi- íión para D. Práxedes. Estos riojaiios! Pero viene el correo y no trae nuevos encargos políticos; al contrario, lo que trae la carta es un talón del ferrocarril. -I A. lbricias, hijal deben de ser conservas de pimiento; conque ¡en grande! -No, dice la mujer mirando el talón; ¡en doble pequeña! -Y esto, ¿cuándo llegará? ¿Edo? según; si pican, puede que vengan antes. -Pues yo creo que picarán. -Hombre, no. -De todos modos, si no pican loa pimientos, los empleados del ferrocarril verás tú cómo pican. En efecto; esta es otra delicia para los que recibimos cosas de allende la estación. La mercancía llega desmejorada y con grandes, pérdidas en el peso; efecto, sin duda, de la mala noche que ha pasado en el ferrocarril. Claro es. que de ello no tienen la culpa los factores, porque el orden de ellos no altera el producto, y el producto llega bastante alterado. Pero ¿quién es capaz de aclarar el misterio que envuelve á los furgones de cola? ¿qaién pone la mano en el fuego por el personal de los muelles de llegada? Y eso que en estos día cualquiera pone la mano en el fuego. Sobre todo, tratándose de combatir loí irigores de la estttcióni. Ellos son tremendos en estos días; los trenes, abarrotados de encirgos y mercancías, llegan con retraso desde mediados de mes; el personal. es escaso para atender al público q ie acude á recoger sus mercancías; la cola de consignatarios llega en el Mediodía hasta el Botánico, y en el Norte hasta el Campo del Moro. Ayl ay! grita una sirviente bajándose hacia el suelo. ¿Qué es eso, señora? -Que me han pisado el taló. i. -Y qué, ¿se le ha salido á usted el zapato? -No, señora; es el talón del tren, que se me ha caído. ¡Ah, vamos! En otro corro se saludan dos antiguas conocidas. ¿También usted por aquí? -Sí, señora; el tío de Quintanar de la Orden nos envía alguna cosa todos los años. -Pues ¿no murió? -Fué su hermano. Los regalos de ahora son del tío vivo. -Entonces, la compadezco á iisted; porque, hija mía, lo que ea con ese tío se va usted á marear. Y si sólo fueran los mareos de la estación! Si no hubiera más marea que esa! Pero luego vienen los mozos de cordel, que también son hijos de Dios, y algún sobreprecio han de cobrar en estos días; y los municipales, que toman todos los números que pasan (como si ya no estuviese fuera el premio mayor) y lus golfos que piden aguinaldo, y los descuideros que lo toman, y al fin los del resguardo, que han- heredado á la Iglesia en su derecho á los diezmos y á las. primicia- Cuando el encargo llega á ca a, ha costado un sentido y ya no lo conocería quien lo facturó. (Y luego andan por ahí predican- do la doctrina socialista! ¿Para qué más doctrina que el socialismo manso que vemos practicar por aquí? Tiene hasta su fórmula, ya consagrada por el uso y por el abuso: Lo que ed de España, es de los españoles. Luis EOYO YILLANO. VA Di; uj 03 EE CILLA