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cuanto constituía la pesadumbre de su existencia aborrecida, se borró de su mente, se llevó sus dolores y sollozos como u n rayo de sol q u e d t s v a n e c e las nubes y corta la lluvia, y su regocijo se sumó al unánime en que el establecimiento en masa se bañaba desde la divulgación de la buena imeVa. Nombráronse en seguida las clases del batallón, se eligió la escuadra de gastadores, se escogió entre los más chicos al cabo que había de ponerse á su frente, se agruparon los muchachos por secciones y compañías, y comenzó la instrucción de los minúsculos reclutas. El cuerpo así organizado carecía de nombre; el que más le cuadraba, á juzgar por los rostros infantiles, era el de la dicha. ¡Vaya unas caras! Ese semblante aburrido del hospiciano de procesión comparsa de todas las ceremonias oficiales callejeras, en el que se lee el cansancio, el deseo de soltar la vela apagada y el uniforme, había desaparecido del establecimiento, dejando el puesto á unas fisonomías radiantes de felicidad, llenas de locas risas, de atención á las voces de mando de los inspectores, metidos á sargentos. Con tal derroche de júbilo, algo, iba ganando el Pitañoso: que le dejaran en paz. Ningún compañero, embargado el espíritu por la ventura, se ocupaba de él, y. las bofetadas, las burlas, las acusaciones habían pasado momentáneamente á la historia. El paria, en cambio, no perdía ripio de lo que acontecía á su alrededor, y esperaba su turno con su mansedumbre forzosa, creada en su temperamento por la necesidad, contemplando desde la cocina, donde se pasaba las horas pelando patatas, ó desde el rincón del pozo, donde no estorbaba á nadie, las maniobras que la mitad del contingente del asilo ensayaba en el patio. Los asilados eran muchos, excesivos para el área del lugar, y primero aprenderían unos la instrucción, sustituyéndoles otros en el campo de ejercicios para poderse mover con holgura. A él le tocaba ser de los segundos. Los ojos se le iban al Pitañoso detrás de los pelotones, concluyendo por hundirse en un verdadero éxtasis, del que no hubieran dejado de sacarle los pinches de un pescozón á no haber estado tan abstraídos como él. Los soldaditos maniobraban con gran soltura, sin aturdimientos, sin confusión. Cuando se desplegaban en columnas por compañía, hallándose en ala ó de á cuatro, el. paria se estremecía de entusiasmo. Era el movimiento que más le gustaba. ¡Y lo ejecutaban bien, demonche 1 Por supuesto, que ya se lo sabía de memoria de verlo, y se creía seguro de realizarlo á la primera vez que el otro medio batallón, al que él pertenecía, fuese al campo de instrucción. Como los toques de corneta! Al oir sus notas agudas é imperiosas, sentía echar á, correr sus piernas. También los conocía todos, desde el de firmes y alto el fuego, hasta el de frente en batalla por la derecha y á desplegar en guerrilla. ü n día oyóse fuera del establecimiento u n gran ruido de trallazos, de muías que arrastran mucho peso, de voces de carreteros, y á poco dobló la es quina de la calle un camión cargado de tercerolas, que vino á pararse á la puerta del Hospicio. La noticia cundió en seguida, y por todas las escaleras del establecimiento, á despecho de los gritos de los inspectores, se precipitaron los asilados como si se hubiera roto una perdigonera que encerrara chicos. i Los fusiles! ¡los fusiles! Al cabo, el director se impuso á los turbulentos rapaces, y se comenzó el reparto de las armas en el patio, á donde peneittf tro el enorme carro, portador de la felicidad. La operación se hizo con un orden relativo: por lista. Cada chico era llamado por su nombre y recibía su tercerola, volviéndose á su sitio en la fila con una cara que estallaba de gozo y mirando á la tercerola amorosamente. Durante dos horas no se oyó en el patio, en un patio ocupado por trescientos muchachos, más que la voz del inspector y la del asilado contestando. Así la pira de armas fué disminuyendo, disminuyendo, hasta desaparecer. Entonces el inspector jefe mandó tocar al corneta de órdenes para que los so d- litos se retirasen á sus cuadras, y los rapaces tornaron á dirigirse á las escaleras, mientras el carretero empuñaba las liendas y, sacudiéndolas un latigazo, enderezaba las muías hacia la puerta. y nadie escuchó una vocecita ahogada por las lágrimas, que se perdía en el estruendo general como el piar de un pájaro entre el rumor del viento, que gritaba llena de desesperación, sin que la oyera nadie: ¿Y yo? ¿y yo? ¿Pero no hay fusil para mí? Drp. i- jos DE ESTEV. X AiFON- ío P É R E Z NIEVA