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LOS FUSILES h mmi fe- caso. En vano era que el Pitañoso llorase. ¡Lágrimas perdidas! No se turaleza le odiaba. ¡Por algo se le apodaba el Pitañosol Tenía unos parpados sangrientos y sin pestañas, -ojos de perdiz que d e c L to compasivos camaradaa. F que aecian los Y, sin embargo, del perpetuo olvido de la suerte cayó de pronto so bre el Pitañoso un pedazo de alegría, y sólo un. pedazo, poTqÍe la. dicha no descendía únicamente sobre él, sino sobre el asilo entero. Peraianecían los chicos tan tranquilos, sin pensar en otra cosa que en el domingo en que les tocaba salir y en el aguaantipática en que les obligaban á hapotearse la cabeza por las mañañas, correteando por las lóbregas galerías del establecimiento, cuándo un día se. prop. aló e n t r e ellos una noticia estupenda: la de que se iba á formar un batallón de tropa con los m u c h a c h o s del Hospicio, y que les darían fusiles y cornetas y tambores, y hasta uña bandera, cómo á los soldados de vertí a d... I Formar con ellos uñ batallón! ¡Darles fusiles! ¡Vaya una filfa! Se corrió la voz de que la especie venía del P i t a ñ o s o Por poco se escapa a l g ú n puñetazo hacia los hocicos lel paria! Pero s: ri r, r í i r neta g... I 1 U T O legrad. p, l m í t o f 1 l W r a m d m p. i. fc. de c. riío, ae d, H, e, p. d, L. ctTMSdT r. fjreSíTM