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arfas madri enas Muérete de envidia en tu rincón. Hemos tenido asamblea romerista en BuskalJai. Ha llegado Weyler con sombrero flexible y envuelto en una bufanda; y para que nada nos falte, amigo mío, padecemos el carbunco. ¿Eh? ¿Qué te parece de nuestro Madrid, como diría Blasco? Una asamblea, un general y una enfermedadl j A que ninguna otra capital del continente europeo puede alegar tantos y tan grandes títulos á la admiración pública! Bespecto á la asamblea, poco he de decirte. Romero Eobledo, como político, está ya juzgado. Como cantante, se halla en la decadencia. Cantó su romanza en la primera sesión é hlzolo con bríos, hay que confesarlo. Escuela italíanísima un poco anticuada; el andante lo llevó bien; en el alegro le faltaron alientos; pero, en fin, pudo pasar, sobre todo escuchándole un público dispuesto á pasar por todo. Pero llega la segunda sesión, y ay, amigo mío i el Aivo estaba afónico. ¿Te acuerdas de los últimos tiempos del pobre Massini? Poes en ellos se halla ya el político antequera no. Sólo puede con Elixir d! amore, ópera que le canta ahora al general Weyler, pero una sola noche, porque á la siguiente le aqueja ya la maldita afonía. Entre los que escucharon en la primera sesión de la Asamblea la romanza del Elixir, que, si no estoy equivocado, comienza: Una furtiva lacrima negli occhi mieispuntó... versos que dijo Romero sentidamente mirando un retrato de Cánovas colocado sobre un caballete; entre los que escucharon su peroración, repito, figuraban los pelotaris que componen el cuadro del Euskal- Jai. Estos forzudos muchachos, los cuales no entienden más lengua que el vascuence, y esa á fuerza de no entender ninguna otra, aplaudían con entusiasmo todos los párrafos del discurso. Maravillado del caso, me acerqué á uno de los pelotaris, y en vascuence chapurrado le pregunté: ¿Y tú por qué aplaudes, si no comprendes lo que está diciendo? -Sí, señor, ya comprendo, me contestó. Dice que los que estamos aquí formaremos el partido, y es verdad, porque yo juego mañana. Ño supe qué responderle. El mútil había reflejado con intuición maravillosa las impresiones de cuantos en EuskalJai oían á Romero Robledo. Todos ellos pensaban jugar mañana; unos con el país y otros á la pelota, que casi es lo mismo. Te confieso, amigo querido, que salí del frontón admirado del talento de los pelotaris y loa romeristas, pero pidiendo á Dios que á unos y á otros no se les quiebre el juego. ¿Y de la entrada en Madrid del general Weyler? Pues te diré que entró en la población como salen de la plaza algunos matadores: á hombros de sus entusiastas. Esto me recuerda, y vaya de óperas, que Escamillo, el espada barítono de Carmen, la hermosa partitura de Bizet, dice ó canta apenas aparece en escena, que nada le agrada tanto como tratar con militares, pues éstos y los toreros, por piacer hanno il pugnar. Cierto que esa íntima relación por los libretistas de Carmen establecida entre los militares y los toreros es un disparate más sobre los muchos que el libro en cuestión contiene; pero figúrate que un francés cualquiera hubiese bajado á la estación del Mediodía la mañana de la llegada de Weyler: al ver á éste, bien á su pesar de fijo, en hombros de romeristas, ¿no hubiese pensado nuestro buen mosiú, con la ignorancia de las cosas españolas que á todos los franceses les aqueja, que en vez del encumbramiento de Weyler se trataba del alzamiento de Escamillo? Todo en nuestro bajo mundo, hasta el entusiasmo, debe tener su límite en la raya de la formalidad, y los romeristas en eso de los hombros se pasaron un poco de la raya. Pero, en fin, el general entró á hombros y entró de incógoito. ¿Me argüirás que cómo es posible eso? Siéndolo. Por lo mismo que es posible librar combates en provincias pacificadas. Bien sabes tú que alguien dijo que España era el país de los viceversas. Pues no se ha enmendado todavía. Y vamos al carbunco. Ha dado en decir la gente que la culpa de la aparición en Madrid de este terrible mal la tienen las fieras del Retiro. Podían habérsela echado también al Sr. Romero Robledo! Suponen los aludidos que en la carne que para su alimentación se les arroja á las fieras, chupan algunas moscas inexpertas ó mal intencionadas el virus carbuncoso, que reparten después entre los pacíficos habitantes de la villa y corte. Si esto fuese verdad, habría que tomar más precauciones contra un insecto que contra un felino, y el grito de Que se ha escapado el tigre I no produciría entre los paseantes del Retiro tan gran terror como el de ¡Que viene una mosca! Mira tú, amigo mío, por dónde los humildes, los pequeños, los inofensivos, pueden en ciertas circunstancias despertar miedo mayor y producir estrago más grande que los altivos, los poderosos, los terrib e? Una mosca distribuyendo zarpazos mortales! ¿Cuánto va á que el mejor día nos anuncian que la leona del Retiro se ha caído en un vaso de agua? Nada, que continuamos siendo, mi querido amigo, habitantes del país de los viceversas. Habla un orador político, y se entusiasman los pelotaris; llega en domingo á Madrid un general casi victorioso, le entran á hombros y dándole vivas sus casi partidarios, y Madrid casi no se entera; ocurren algunos casos de carbunco seguidos de muerte, se alarma la población, echa la culpa de tales desgracias á las terribles fieras del Retiro, y salimos á la postre con que las culpables son unas míseras moscas. ¡Ahora que no hay moscas! ¿Pero qué más? Fíjate en los partes de Cuba. Apenas, para lograr la paz, hemos concedido la autonomía, ¡nos disponemos á concluir la guerra por medio de las armas! ¿Quieres algún otro contrasentido? ¿Bastan? ¿Uno más? ¿El último? Pues ahí va un caso de contagio instantáneo. El eminente maestro francés que dirige actualmente los conciertos en el Príncipe Alfonso se apellida Mr. Lamoureux. ¡L amoureux! ¿Hay nada más apacible, más dulce y más cariñoso? Pues bien; los profesores de la orquesta, que no hallan palabras bastantes para alabar los talentos artísticos de su actual director, dicen también que tiene un genio de dos mil demonios. Quédese aquí la carta con un abrazo de tu amigo JOSÉ DE ROURE á un ajnigo provinciano.