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varios argumentos más ó menos sofísticos y algún que otro chascarrillo, los aplausos entusiastas de toda la Cámara. Bien conocida es su oración parlamentaria que d u r ó siete h o r a s las necesarias para que llegase Malcampo, presidente del Consejo, con el decreto de suspensión de Cortes. Una vez quiso cobrársela á u n diputado infiel que le habla abandonado en la oposición. El mismo individuo no salía de su despacho cuando era ministro de Ultramar. Romero recordó con tal motivo el siguiente cuento: Un rico banquero profesaba aparente amistad á u n ministro de Hacienda. Llegó el día en que éste salió del Gobierno, y entonces empezó á notar que aquel que nunca le dejaba ni á sol ni á sombra, jamás iba á visitarle. Le encuentra u n día en la calie y le dice: -Me tiene usted abandonado. E s usted muy inconsecuente. A lo que contesta el otro: -El inconsecuente es utted; yo sigo yendo todas las noches al ministerio. E a cierta ocasión quería Romero demostrar la poca fijeza de ideas de u n program a y recordaba el cantar que dice: Allá arriba, no sé dónde, había no sé qué santo, que al rezarle no sé qué se ganaba no sé cuánto. Siendo presidente de la E K LA A S A M B L E A Academia de Legislación hi porque cuando viene sobre un pais una crisis como la gue atravesamos, elsileu: zo diputados á muchos. Una do de los hombres públicos es una vergüenza; la transacción con aquello que se juzga juventud llena de bríos, esmalo, aceptándolo después, una deserción del deber; la ambiyüedad, una cobardía; y tudiosa é inteligente obtuvo esa vergüenza, la deserción del deber y la cobardía, son delitos de lesa Patria. sus favores. Tor cierto que de todos aquéllos, que fueron bastantes, sólo han quedado adictos á la causa del generoso protector t r e s ó cuatro. Cuando derrotaron á Cámpoamor en unas memorables elecciones, se vio sorprendido con el acta por Antequera que le proporcionara Romero, su grande amigo. Preguntaron u n día á p Ramón por dónde había sido electo, y contestó: P o r el distrito de Romero Robledo. Una anécdota final para que el lector pueda formar juicio del carácter parlamentario del hombre del día. Después de la arriesgadísima operación que le hicieron en Berlín, quiso el ilustre rnédico que le curaba que pronunciara algunas palabras para ver si funcionaba con regd aridad el aparato vocal. Sus primeras palabras fueron éstas: -S e ñ o r e s diputados. Fotografías de