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LA ALTERNATIVA (ARTÍCULO POSTUMO DE DON RAFAEL MARÍA LIKRN) 1 (1 ¿Son peores nuestros cómicos que los extranjeros? No. ¿Tienen menos talento? Tampoco. ¿En qué consiste, pues, que las comedias hechas por ellos resultan mejor interpretadas, con más conjunto que puestas en escena por nuestros artistasf En la cosa más sencilla del mundo. En que el actor extranjero no piensa jamás en tomar la alternativa de director; en que, acostumbrado á que lo dirijan, no siente, como aquí sucede, lo ridiculamente llamado humiJI F HH B F llación de ser dirigido. Los profesores de orquesta más eximios, los más eminentes, no arrebatarían al público en los conciertos del Príncipe Alfonso si no obedecieran ciegamente á la batuta de un gran director. La representación de una comedia tiene grandes puntos de contacto con un concierto. Los músicos lo saben, los cómicos no quieren saberlo, ni lo creen siquiera. Por eso sufren muchos desengaños, mientras los otros viven saturados de aplauso público. No retiramos la palabra alternativa. Está en su lugar. Todo novillero aspira á ser matador de cartel, sin tomar en cuenta que muchas veces mortifica sus intereses; como novillero conseguía treinta ó cuarenta corridas; como matador formal apenas llega á tener seis ó siete. Y en muchas ocasiones torea por el precio que ganaba antes de tomar la alternativa. Pero, en fin, en este caso se trata siempre de un matador, pues no deja de serlo quien mata novillos. El caso extraordinario, el que suele dar mayor número de marronazos, es el del banderillero que cuelga los palos para empuñar el estoque. Todo buen banderillero, ¿ha de ser por necesidad buen matador de toros? No, señor. Puede aplicarse á la escena lo mismo que al redondel. Todo galán joven aplaudido, ¿ha de ser inevitablemente primer actor y director? Ni mucho menos. Desgraciadamente, nuestros cómicos no piensan de esta manera. Cualquier actor aplaudido, cualquier muchacho que, ora por su fácil dicción, ora por su desenvoltura, ora por lo que quiera, logra el aplauso público, se ensoberbece, se hincha de vanidad, dice para sus adentros; aneh io sanopittore, y de ¡a noche á la mañana va y coge y se mete, porque sí, á primer actor y director de compañía. Ahí es nada lo que se necesita para ejercer bien esos cargos Nuestros actores proceden en general de la hada. Hay excepciones muy honrosas. Vienen algunos hasta, de las clases privilegiadas, y otros, muy pocos, proceden de las Universidades; pero generalmente nacen de las últimas capas sociales ó son hijos del ejercicio, como ellos llaman á la profesión del teatro. Y vamos á cuentas. Sin una educación esmerada, sin un gran caudal de conocimientos adquiridos en largas horas de estudio, ¿se puede dirigir una escena? No. La mayoría de nuestros actores no procede de las aulas. Hijos del ejercicio, trasnochan; casi todos se acuestan al nacer el día. Si algunos, por in stinto, cenan en los cafés, el resto cena y toma copas en la taberna. Se acuesta al amanecer, y, naturalmente, se levanta tarde, no llegando puntualmente á los ensayos. Ensaya de mala gana, toma otras cepitas al acabar el ensayo, y después de comer el cocido más ó menos santo y legítimamente conyugal, váse al teatro á hacer la función. Y esto un día y otro día. ¿Cuándo hace, pues, los sombreros? Es decir, ¿cuándo estudia? ¿Sabe historia? ¿Sabe indumentaria? ¿Tiene buen gusto? ¿Conoce, por ventura, el arte plástico? ¿Conoce á fondo á nuestros autores inmortales del siglo XVII? No; sin embargo, se mete á primer actor y director y pide un sueldo que, ríase usted de los peces de colores y de los generales de división. Él se lo sabe todo. Directores de esos que no enseñan la cara al público, no los aceptan los caballeros cómicos. Transigen con los directores masculinos ó femeninos que pagan, que son empresarios al mismo tiempo que actores. A éstos se someten, pero sin convencerse jamás de que valen para el puesto. Ellos lo harían mejor. Es su frase. Aw como á los toreros se les conoce en el traje, á pesar de la corbata y el alfiler, á los cómicos se los distingue por su cara afeitada y su manera de andar por la calle de Sevilla. A tal extremo llega la vanidad de estos señores artistas, que ni al autor de la obra le aceptan de buen grado una advertencia. Los autores los autores merecen capítulo aparte. ¡Pobres autores! Jm M RAFAEL MARÍA LIERN Fotog. Audouard