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atracarle de manos y desatracarle de capa ó de bolsillo; siendo, por consiguiente, un mismo picaro capaz de muchas y muy distintas proezas, por más que en el registro del Gobierno civil figure con un solo título, cosa que también les acaece, salvando las naturales diferencias, á los aristócratas linajudos, que poseyendo catorce ó quince condados, marquesados ó ducados, sólo con un título se firman y por un de Tal cosa se les conoce. En los ásperos tiempos que vivimos no hay, para quien haga obligación de remediarse con lo ajeno, especialidad que valga. No; si no, espere á que ésta salte y á él le dé manera de meter científicamente la mano, y habráse de morir, comido por sus propias roñas, junto á la tapia del Hospital. El hurto es profesión que no adpiite espera ni reconoce especialidad: el ladrón que profese por principios, no salvará ni aun las inquietas colonias de su mal peinada cabeza y de su poco aseado cuerpo. Ahora, lo que sí existen entre picaros lo mismo que entre gente honrada; son las cualidades y aptitudes que lleva cada edad consigo. Para correr bien se necesita, ante todo, tener las piernas ligeras, y para robar al tirón es preciso correr bien. Por eso los muchachos criados entre las basuras de los desmontes, que abandonan la regalada vida á golf o por el noviciado de la picardía, comienzan su accidentada carrera de ratas hurtando al descuido 6 al tirón, sin más valedores ni padrinos que las propias prernas. Cuando empiezan ya á fatigarles los vagos ensueSos de la pubertad y el dictado de descuideros les parece demasiado infantil y las piernas se les quejan de los repetidos trotes, entonces esos interesantes mozalbetes aprenden el difícil arte de dar garrote á la anilla dé un reloj ó de meter la mano, sin que sea sentida, en el bolsillo interior de una americana ó de un chaquet. Hételos ya convertidos en tomadores ó carteristas. La edad viril, con sus enseñanzas y malicias, les ofrece nuevos derroteros para sus aptitudes. Si el ingenio les acorre, se dedicarán á cualquiera de las varias y entretenidas especialidades del timo; si se sienten dominados por brutales y sanguinarios instintos, profesarán de atracadores ó espadistas. Pero ya antes lo dije. Cuando los tiempos son malos, cuando el hambre aprieta y ahoga, no hay especialidad que valga: se hurta como se puede, y el rata más barbado y más perfecto en las exquisiteces del arte correrá como un vulgar chieuelo calle abajo perseguido por los gritos de un noble comerciante; y digo noble, porque los Hurtados, aunque no sean de Mendoza, sino de ultramarinos, llevan hidalguía en el linaje. Antes I oh dioses I todos esos caballeros, y otros muchísimos más, cuyos retratos ves en las márgenes de estas páginas, tenían de vez en cuando grata hospedería y deshonesto solaz en la cuadra de detenidos de la Cárcel Modelo. Para ellos, ir de quince (léase por quince días) á la Cárcel era como ir al Casino; pero el actual é ilustrado director de la Penitenciaría, mi buen amigo don Fernando Cadalso, creyendo sin duda que la atmósfera malsana de la cuadra de detenidos podría alterar la preciosa salud de los distinguidos ratas, ha dispuesto que cada uno de ellos ocupe una celda. El Casino se acabó; y yo me pregunto: ¿qué hará un blasfemo completamente solo durante quince mortales días? De eso se quejan, y también del rancho; pero esta última queja es infundada, porque de intento se les da el peor. Ello es que ni aun así consiguen autoridades gubernativas y carcelarias acabar con los picaros madrileños. Antes que ellos morirá el género chico... Digo, si los huéspedes por quince del Sr. Cadalso no se dedican en la forzosa soledad de la celda á escribir para los teatros menudos Entonces sí que nos habrían hecho tragar su rancho I Jos DE ROUEE.