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A pesar de lo cual, los periódicos de casa y boca siguen afirmando que la autonomía ha caído de pie, que Mao Kinley se ha dejado perilla á la española, y que Europa está con nosotros. Y nosotros con ella ¡naturalmente! mientras no nos den un tijeretazo por los Pirineos... Pero yo considero más elocuente la conducta de D. Práxedes que la retórica de los periódicos, y sigo creyendo que pues el presidente no sale, riesgos y peligros debe de ver solamente fuera de casa. Si al menos el presidente tuviera tute de taquígrafos, como el dictador de ajenas dictaduras, podríamos creer que su reclusión voluntaria estaba consagrada á trabajos de gabinete. Pero nos consta que D. Práxedes no trabaja en casa, ni cose en Blanco, ni zurce gamacistas, ni pega botones de esos que se nos acaban de soltar. Sagasta se calienta, y ya es bastante. Contempla los troncos de la chimenea; dirige ansiosas miradas á la lefiera, que rebosa candidatos á la diputación en Cortes, y de cuando en cuando pone las manos en el fuego, aunque no por Gamazo ni por Maura. No pudiendo salir á pie, hace bien el presidente en quedarse en casa. Preferible es que la nación no le vea, á que le vea en berlina por ahí. Si estos días son ustedes atracados en medio de la calle, si sufren otro atropello cualquiera, si encuentran descerrajada la puerta de su cuarto ó notan ustedes que acaban de robarles el reloj, no pidan auxilio á la policía, porque sería en vano. La policía está ocupada. D. Alberto duerme sobre un pie. ¡El, que necesita dos metros cuadrados! Y desde el ministro de la Gobernac. ón al último vigilante de la seo- pta, todos los funcionarios del ramo andan empeñados en la ardua tarea de buscar un hombre. ¿Quién es ese hombre? ¡Ahí (Trémolo en la orquesta, y allá va el racconto. Vivía no há mucho en los suburbios de Londres una fiera humana, mi italiano terrible, una fiera, en fin. La gente del país no se metía con élpma nada, ¡oh asombro! hubiera sido un pobre hombre, y los ingleses no le habrían dejado vivir. De pronto la fiera desapareció i ¿A dónde habrá ido? se preguntó la policía inglesa. A España indudablemente, porque en estos tiempos y cosa mala y no ir á parar á España, es imposible. Vino el soplo, y la policía española se dispuso á prestar el primer servicio al orden social. Profusamente se han repartido el nombre y señas del anarquista que va á lidiarse esta tarde, y con, ellos infinidad de fotografías del criminal, porque ahora todo se hace con fotografías. Lector: si eres amante del orden social, toma una de esas fotografías. Pero si eres amante de tu persona, mira el retrato y di que con verlo basta pues si te cogen con él yo te aseguro que por dedicatoria más ó menos no has de dejar de ir á la cárcel como sospechoso. Vivamos tranquilos; la policía no tiene al criminal, pero posee su retrato. Mas ¿qué digo? Vivamos prevenidos. Estamos á merced de cualquier agente mal fisonomista. El asunto Dreyfus trae locos á los franceses. Para encontrar en España algo semejante á esa hiperestesia de la opinión, tendríamos que recordar los famosos días del proceso de la calle de Fuencarral. Y cuenta que la agitación es tanto más grave cuanto que remueve las dos pasiones bajas de la Francia moderna: el chauvinismo y el antisemitismo. ¡Triste espectáculo el de Francia á fines del siglo XIXI Ya sueña imposibles imperios junto al trono de los autócratas del Norte. Ya vislumbra por todos lados la traición y el espionaje, practicados por tapadas de folletín y por traidores de melodrama. No me atrevo á diagnosticar, pero las señas son mortales. Delirio de grandezas. Y manía de persecuciones. LuTS ROYO VI LLANO VA. DlBiT. Trs n i OIMJA