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y ¡3 LA CUESTIÓN DREYFOS La prensa francesa, en apasiijiiados artíou os y en noyelescas informaciones, refleja días hace la sensación causada en toda Francia por este asunto, del cualharemos ligerísimo extracto para aquellos de nuestros lectores que no hayan seguido paso á paso el asunto del día en los telegramas de jF 6 ra. Hará unos tres años que el capitán Dreyfus, de familia judía riquísima y de intachable hoja de servicios, fué acusado de alta traición, con pruebas tan irrecusables, que Dreyfus fué degradado públicamente y condenado á reclusión perpetua en la isla del Diablo. Aquel- proceso fué de gran resonancia en París por la calidad del acusado y por loa tremendos detalles con que fué aplicada al reo la vergonzosa pena de la degradación. Mas poco á poco el asunto pasó, calmóse el odio antialemán y el antisemitismo exacerbados por aquel proceso, y nadie se ocupó del preso de la Guyana más que su familia, que un día y otro trabajaba por conseguir la rehabilitación. Tales fueron, segán parece, las pruebas acumuladas por la familia de Dreyfus, que un senador respetabilísimo y de estrecha conciencia, el vicepresidente de la Alta Cámara Mr. Seheurer- Kestner, creyó deber suyo tomar la iniciativa para conseguir la rehabilitación del capitán judío. Una vez movido el asunto por este senador respetable, la cuestión ha tomado el carácter de un folletín, impresionando al público diariamente con detalles melodramáticos. El espionaje alemán apretando en sus redes á todo París, el amor y lia intriga jugando en el asunto, cartas falsificadas, documentos apócrifos, tapadas que entran en los ministerios y dan misteriosas citas, todos los recursos que en cien novelas in v entó Xavier de Montepin, han sido realizados ó fingidos en estos últimos días. Y como el delito estaba comprobado y había que encontrar un delincuente, á falta de Dreyfus, los partidarios de éste acusan como único culpable y verdadero espía de los alemanes al comandante Baterhazy, cuya vida y conducta explican de diverso modo los dos bandos en que se halla dividida la opinión. La principal prueba documental presentada por los partidarios de la revisión del proceso Dreyfus es una colección de cartas escritas por el comandante Esterhazy, y cuya letra es idéntica á la del documento que fué cabeza y base del proceso Dreyfus. Con estas líneas que someramente resumen la cuestión damos los retratos de los tres personajes en derredor de los cuales gira la atención pública. El capitán- Dreyfus era, como decimos. Un oficial de ejército cuya conducta jamás inspiró la más leve sospecha has ta el momento de su acusación. Amante de su hogar y poco dado á la vida fastuosa y agitada de un verdadero parisiense, era, por otra parte, rico, lo cual hace más extraño su crimen. Según parece, muchos de los guardianes que el capitán ha tenido desde el momento de su prisión, tienen la convicción moral de la inocencia de Dreyfus. Al comandante Esterhazy, por el contrario, todas las apariencias le condenan. Sin medios de fortuna conocidos, ha hecho en París una vida de lujo que exige cuantiosas sumas para su sostenimiento. Amigo reconocido de la embajada de Alemania y con fácil acceso en los departamentos ministeriales, compréndese que sobre todos estos indicios y otros muchos verdaderamente novelescos se haya forjado la versión que, con fundamento más. ó menos serio, defienden los más populares diarios de París. En cuanto al vicepresidente de la Cámara, Mr. Seheurer- Kestner, hasta los enemigos de Dreyfus, reconocen su austeridad, su honradez sin tacha y su estrecha conciencia, demostrada en largos afios de vida pública. Falta saber si este señor, al resucitar la cuestión Dreyfus, lo ha hecho con sólido é irrebatible fundamento ó en virtud de un quijotismo con poca base, aunque bien explicable en un alma honrada y sencilla. La actitud del Gobierno francés en este asunto es confirmar la condena de Dreyfus, respetando la santidad de la cosa jnzgida y abrir una información aparte, para averiguar lo que haya de cierto en las tremendas acusaciones dirigidas al comandante Esterhazy.