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m r, 1i í Nada veía, nada leía él en la cara de su hija Ko llegó á notar que á veces las lágrimas enturbiaban aquellos serenos y hermo sos ojos. II- ¿Sabes, dijo un día D. Bernabé á su hija, qué ha sido del tal D. Federico tu parroquiano? Antes venía mucho: hasta los jueves por la mañana, al volver del Rastro, me le hallaba aquí. -No sé, contestó Cecilia en voz baja muy baja, produciendo con ella menos ruido que el que puede producirse por la suave emisión del aliento por dulce suspiro. ¡Claro, discutirían ustedes, se enojaría él, y quién sabe cuánto tiempo estará el hombre enojado! Parecía listo, añadió D. Bernabé. No se volvió á hablar de dicho personaje. ni Tres meses después, Cecilia enfermó; uno ó dos días de cama, y luego tres ó cuatro horas de horrorosa angustia. D. Bernabé una tarde, cuando las horas de agonía habían llegado para la enferma, se vio arrodillado, con un cirio encendido en la mano, temblando de emoción á los pies de la cama de su hija. Abrumado, espantado, sin darse cuenta de lo que le ocurría hallábase allí, en tanto que el cura párroco de San Sebastián daba á Cecilia la Santa Unción. Murió Cecilia sin conocer las maldades del mundo! He aquí mi única consolación, pensaba T) Bernabé, cuando el dolor le ahogaba. IV Corrieron años y años. Envejeció D. Bernabé; años y años pasaban, y se mantenía triste pero resignado; más auste más recogido, pero feliz sin duda por su santa conformidad cristiana. Un día, al cabo de mucho tiempo, se atrevió á repasar los libros favoritos de su hija, y en uno halló un papel medio roto en el que se leía: tFederico: Te escribo debo morir te escribo (unas líneas seguían de letra tortuosa y borrosa) iniquidad Dios te perdone y me Irregularidad, incoherencia fragmentos diabólicos que luego el recuerdo, la reflexión cavilosa, llevaron á concierto y dieron á D. Bernabé la más espantosa revelación Silencioso, solitario, aterrado, cada vez más metido en su covachuela de libros, allí devoraba su pena j Le habían vilmente estafado su honra y le habían robado la dicha! A no tener muy arraigadas ideas religiosas, se hubiera suicidado- -Sufriré no, nadie lo sabe se decía, Oh, qué vileza I ¿Quién será? ¿Cómo fué? ¿Dónde vive? Mas no bien crujía la puerta de la tienda para dar paso á un comprador, á un amigo, á un mendigo volvía á mostrarse atable y hasta en plácida complaciencia D. Bernabé, ocultando la más espantosa de las penas y repitiendo á veces: -Perdí una hija ¡mejor está en el cielo! El dolor no quita la paz ni priva de la gloria. Al fin apiadóse Dios de aquel mártir y se lo llevó á su seno. Nadie pudo adivinar lo horrible del martirio por él sufrido. Villa, el vendedor ambulante, fué su heredero. Vendió á cargas los libros, cerróse la tienda, y acabó para siempre aquella celdilla, aquel viejo nido, todo, menos el recuerdo que de D. Bernabé conservaban sus amigos. -Era un buen hombre, decían; grande pérdida fué la de su mujer terrible que se le muriera la hija mas esto y él, al fin y al cabo, cumplió con su lema de Aquí paz y después gloria. TOSÍ! Z T T O N R R O DIBUJOS DE M É K D E Z B R I N G A