Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
jTic, tac, tic, tacl resonaba uniforme é invariablemente el péndulo del reloj de pesas que había en el comedor y era símbolo de la vida de D. Bernabé y de su hija. una mañana hallábase Cecilia, por raro capo, asomada á la puerta de la tienda á las doce menos cuarto, y un caballero joven y elegante la vio y quedóse parado un instante, rapidísima, casi inapreciable fracción de tiempo, durante la cual apreció detalladamente la belleza de la joven y hasta el estado de timidez, melancolía é inexperiencia en que se hallaba el alma de la librerita. El caballerete no había manejado otros libros que las novelillas alegres y las guías de viajero; sin embargo, presentóse una tarde en la librería, hizo á D. Bernabé un encargo y salió. -i Luego se dice que no le ocurren sucesos extraordinarios al que no sale de su casal (Ahí es nada! ¡Pedirme un caballero á quien no conozco, que no debe ser de los aficionados de Madrid, un libro de Vives, unos diálogos de Ludovicus Vives, traducción de Corvet, editada en Valencia! Conozco la obra, pero no hay ejemplares Si no es á usted, no sé á quién dar el encargo Pide además obras de las que jamás oí hablar Mañana le atiendes td, dijo D Bernabé á Cecilia. El caballero llegó, y en efecto, Cecilia tuvo qae atenderle; tenía el joven una larga lista de libros, y no dejó de revolver y pedir volúmenes. Este hombre no viene á buscar libros compra por comprar! pensaba Cecilia; y al mismo tiempo se sentía embriagada por algo así como un muy sutil y penetrante perfume de elegancia y de gracia varonil que despedía el aristocrático mancebo. -Vea usted, señorita, qué libro tan lindo, la dijo mostrándola un precioso volumen inglés, un tratado de Mitología con preciosísimas láminas. Con las antiparras sobre la frente, boquiabierto y mirando con gran satisfacción á su hija y al caballerete, hallábase D. Bernabé tras de su escritorio. Lo que esa no sepa! ¡Libro que ella no conozca! Anda, y se pone colorada la muy -T panfilona! ¡Pues si sabes más que él, y en bibliografía no hay quien te enseñe novedad! ff pensaba el viejo. Salió el caballero. Dentro del libro halló Cecilia una carta diabólicamente escrita. Tembló Cecilia; todo su cuerpo se estremeció; la realidad directamente, no por reflejo, no por referencia escritos impresionaba entonces su alma. Esbelto, gallardo, de mirada provocadora y maliciosa llena de ardiente deseo, sonrisa tentadora en labios rojos; blanca dentadura, negro cabello, negro bigote; habla imperiosa, pronta, viva y mundana, pero galante y cargada de seducción Federico era ya para Cecilia el amo, el dueño, su alma, ideal del sueño, verdad del deseo. A pretexto de examinar ediciones, cambiar libros. Cicerón llevó un billete, el abate Deninas la respuesta Ya un santo, ya un filósofo, ya un comentarista sirvieron de correos á Cecilia y á Federico. Eran como palomas mensajeras de amor. -Vea usted lo que es esta muchacha, pensaba tranquilamente D. Bernabé. El único joven que ha conocido tan sólo trata de libros. La reserva, el silencio el misterio de los libros, que hablan un lenguaje sin sonido revelaciones de almas ausentes... mantenían á Cecilia temerosa, ocultando á su padre aquella imponente pasión. Su frente espaciosa y tersa mostraba á veces en fruncimiento preocupación de ánimo; su color blanco ebúrneo veíase en algunos momentos entonado por coloración de carmín; su aguileña nariz, su preciosa boca, su faz de estatua, no podían en ocasiones ocultar las tempestades que agitaban su corazón. Se hubiera arrojado muchas veces á los brazos de su padre. ¿Pero cómo revelarle? 4 i? syst í