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í PAZ Y DESPUÉS GLORIA r (CUKXTü UlUUiXAL) El librero D. Bernabé Martínez era en sus últimos años un viejo simpático por! o limpio y afable. Tenía en su cara una constante expresión de apacible ánimo, ajustado dulcemente al hábito de una vida sosegada y formado por el orden y método de un trabajo regular y sedentario. Aquí paz... y después gloria! E s t e era su plan; u n verdadero plan para la existencia. Producíase en su mente el pensamiento con el gradual progreso de un cultivo, y no le revelaba sino cuando ya le era fácil expresarlo con las propias palabras II. pondientes. ¡En su hoja y en su flor! 1 M. i no muy espaciosa tiendecita de la calle de la Magdalena, con un escaparate cargado I IOS renovados periódicamente, una m u e s t r a s o b r e la puerta de cristales, por los- que se veían los estantes y la entrada á las habitaciones de la familia, y en el fondo una camilla faldada de bayeta verde con terso hule; pendiente del techo, la lámpara colgante. Así era el establecimiento. Todos los días se hallaba allí D. Bernabé desde las siete de la mañana á las nueve de la noche. Los domingos oía misa de diez en San Sebastián, y daba un largo paseo por las tardes; los jueves, invariablemente, iba todas las mañanas al Rastro á la rebusca de libros. E n verano quedábase sin faldas la camilla, abiertas desde muy temprano las puertas de la tienda, y aparecía un enorme botijo en la ventanita de u n sótano. Los días de J u e v e s Santo y del Corpus vestía con lujo, traje negro, levita y sombrero de copa y gran cadena de oro, y asistía con su mujer y su hija á los actos religiosos. El día de San Bernabé convidaba á comer á un amigo; daba los sábados limosnas á un número determinado de pobres y aquí paz y después gloria. Años y años siempre la misma vida, siempre la misma muestra en la puerta y el mismo aspecto en la tiendecita, y los mismos amigos de tertulia desde las siete á las nueve de la noche: el bibliómano 8 r. de Cueto, juez jubilado; el bibliófilo Bengoa, canónigo de San Isidro, y Villa, u n vendedor ambulante de libros, cuadros y joyas antiguos. Doña Benigna, la esposa del librero, murió dejándole una niña, que á los pocos años de la muerte de su m a d r e era una hermosa muchacha de dieciséis abriles, escondida en la modesta librería y asomando raras veces su cara bellísima por la puerta de la tienda. Cecilia había aprendido cuanto liay que aprender, sin salir de aquel encierro sino á misa y á paseo con su señor padre los días de fiesta. Su defensa contra el tedio era la lectura. Aquellas espesuras de hojas cargadas de letras habían privado de colorido á Cecilia; era flor bella privada de esa delicada clorofila juvenil, mayor encanto de la belleza. -Otras personas tienen riqueza y grandes alegrías, pero no gozan constantemente de la paz y se exponen á no ganar la gloria, decía reposadamente D. Bernabé á su hija. Brillábanle los ojos al viejo con esa expresión intigeute y vivísima que suelen tener los viajeros cuando relatan sus aventuras Hallábase como oxigenado por respirar aire libre y puro después de larga peregrinación, pero su contento y su experteza resultaban después de largas lecturas; vivía en el mundo y de él tenía conocimiento por el artificio de los libros. Cecilia se había habituado al mismo goce, y dominábala ardiente afición á leer. -Aquí nada nos ha ocurrido ni somos odiados, ni odiamos. Este es un capullito en el cual cumplimos el tiempo de clausura hasta que Dios nos preste las alas de su santa gracia y nos lleve al cielo.