Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Las parejas de lobos que engendran á las íníelíceS criaturas espéraií, iníentras, el resultado de la nocturna cuestación, porque la noche, acaso á su pesar, es la encubridora de semejantes infamias. Y cuando la? cosas se dan mal, y se dan con frecuencia, es tan fácil que el niño se duerma profundamente y pierda la salida de los teatros, ó que la pereza y el frío impidan sacar las manos caritativas de los bolsillos del ruso 1, entonces ya sabe el pobre rapazuelo lo que le espera para entrar en calor en el destemplado zaquizamí: una bofetada paternal. ¡Después de la lucha con la intemperie que mata, los padres temidos y concluyendo por ser vistos por el hijo á través del odio! Pero no todo es farsa, por fortuna. Yo no sé si ahora será el mismo el lugar del suplicio; antes hallábase establecido en las cercanías de Vallehermoso el punto de inscripción de los jornaleros con destino á las obras de la Villa. Para coger número bajo y conquistar el suspirado pico había que pasar la noche de la vÍE pera en vela, dormir acurrucado en la fila, sintiendo penetrar en los huesos el hálito glacial de la atmósfera. Y tras de diez horas eternas de espera en la obscuridad helada, teníase la seguridad de que la papeleta conseguida significaba sólo una semana de respiro, con la perspectiva del paro al sábado siguiente. Precisaba que comieran otros. Vi el triste cuadro una vez, y no se me olvidará mientras viva. Por eso cuando oigo una voz bronca á mi lado y distingo junto á mí un trabajador de encallecidas manos que me pide limosna, me estremezco pensando en que tal vez ha estado desde que anocheció hasta el alba metido en la hilera de la miseria, sin conseguir nada, retirándose llorando de dolor y de frío. La mendicidad de la gran población tiene una silueta misteriosa que aterra: la del pobre vergonzante. Pegado al muro, negra, sombría, callada, con sólo la mano blanca tendida, surge ante la fachada de un edificio la lúgubre figarn. Si es hombre, tiene el sombrero muy echado sobre la frente y el cuello del gabán levantado; si es mujer, el espeso manto caído sobre el rostro. No pide ni molesta, comprendiendo que con su presencia basta para conmover. ¿Qué esconde la esfinge? ¿Un drama íntimo pin escándalo? ¿Una catástrofe hundiendo un hogar en la miseria? Quizás es todo comedia, pero la imaginación, siem pre honrada, se empeña en adivinar en el menesteroso decentemente vestido pasados esplendores, desaparecidas holguras, un ayer próspero y feliz, un nombre que quizás hizo ruido en el mundo. Esta mendicidad de la calle es variadísima. Hay en ella el mendigo de puerta de iglesia, grufión y pendenciero; el mendigo filarmónico, reclinada su barbilla sobre el violín, en el que toca mú- ica italiana; el mendigo exmilitar, que luce la medalla en la solapa de la chaqueta; el mendigo flamenco, que lanza su cosfi ¿i tal de malagueñas y soleares al son de la guitarra; el mendigo titiritero, que hace juegos de manos, pasando luego la bandejita por el corro que le contempla. Pero toda esta mendicidad resulta taciturna, huraña, triste, y sin embargo, la mendicidad tiene su tipo humorista, que pide entre cuchufletas y comenta rios políticos. Todo el mundo le conoce. Aunque raído de ropa, viste gabán y chistera, y se le encuentra á cada paso en el salón de confe rencias, en las redacciones de los diarios, en los despachos de los ministerios, hablando siempre mucho, dándoselas de muy versado en las interioridades de los partidos, palmoteando suavemente en la espalda á diputados, periodistas y funcionarios, contando chascarrillos, presentándose como víctima de sus ideas, esperando á que vengan los suyos, unos suyos que se ignora quiénes son, porque nunca se hace prendas nuevas. ¡Desdichado del que le escuchel De pronto desciende desde las cumbres de la política europea á pedir dos pesetas para almorzar. Es un mendigo, y tegún él, un pobre cesante ¡Oh, nol No hay que dejarle concluir, no hay que permitirle que escarnezca la víctima clásica de la Administración española. ¡Ese sí que es el mendigo por excelencia, el infeliz cesante de cuatro ó cinco mil reales de sueldo, que coge el fatal oflcio que les deja sin pan á él y á los suyos, y procurando molestar lo menos posible al que le colocó, se contenta con escribirle humildemente desde su tugurio, mojando la pluma en sus lágrimas, que nadie ve I ALFONSO PÉREZ NIEVA DIBUJOS DE BLANCO CORIS