Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
Lo que pasó después no lo sé. No puedo decir más sino que al principio veía caer los hombres que tenía á mi lado como árboles jóvenes que el leñador corta por el pie. Después, sólo recuerdo que me dolían los dientes de morder cartuchos y el dedo de apretar el pie de gato de mi fusil. De la parte estratégica de la batalla no entendí entonces una palabra. Hoy mis recuerdos me hacen sospechar que nuestra misión debió limitarse á rechazar al enemigo sin perder nuestras posiciones, pero sin decidido empeño de ocupar las suyas. Esto lo deduzco porque cuando ya casi al obscurecer cesó el fuego, nos encontrábamos precisamente en el lugar mismo en que por la mañana se nos desplegó en guerrilla, empleando escasísimas fuerzas de otros cuerpos en hostilizar con su retirada al francés. La confirmación de este supuesto es que la orden que recibimos después fué lá de replegarnos á los alojamientos de la víspera. Por cierto que cuando lo efectuábamos, al pasar por la quebradura en que pensé hallar seguro asilo, no pude menos de tender mi mirada al que yo había tenido por único y perdido oasis en el desierto de mis angustias. En él lo primero que vi fué al mísero aldeano, que, atravesado el cráneo de un tiro, yacía inerte sobre un charco de sangre. ¿Lo ves? Una bala perdida. Esas son las que hay que temer, se limitó á decirme mi tío, que, como yo, no había dejado de dirigir la vista á aquel sitio. Más tarde, cuando en su alojamiento reparábamos nuestras fuerzas con una no muy suculenta cena, explanando más largamente su idea, acabó por decir: -De las balas perdidas son de las que hay que huir, sábelo para siempre; y eso no se consigue más que haciendo cara á las que creen venir derechas, y son las que menos daño hacen. Yo no sé si por entonces me di por convencido; pero lo que sí puedo asegurar es que aunque más de una vez sentí agujereada la piel, hice toda la campaña, no ya por fuerza, sino con satisfacción y contento, y que en ella gané grados que no me hubiera atrevido á soñar. Hí i W t Es más: hoy que á fuerza de años ni llevarme quieren estas fementidas piernas, sé que de tener un poco más de vigor, todavía, si la ocasión se terciara, no habría de buscar escondrijos ni madrigueras. Pero no se crea que á esto le llamo yo valor. Es que, recordando todavía las advertencias de mi tío el teniente del año 9, tengo un miedo horrible á las balas perdidas. DIBUJOS DK E S T E V A H ÁNGEL R CHAVES