Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
r- A- í. DÍDK l i iiKi ir. i l M! ¡i Il n o n i U n- EPISODIO DEL A S O J Poco trabajo me costaría U t ii que también yo m e había seriHil picado del patriótico entusiasmo di que estaban poseídos la mayor pin te de los españoles; pero eso- cn. i mentir, y no hay para qué. No porque tuviera menos vi v- i amor á la tierra que me vio naci- r, iii tampoco porque simpatizara yint ni iii i -li con los pérfidos invasores, sino -Driiui ini imtural tímido y asustadizo hací. i i im iri- iid -i á todos lo poco útil que podía si- r un Tn i, n mis manos, es por lo que no nu- ridí i- n los primeros momentos á alistarme uu alguno de los regimientos que á toda prisa se formaban. Sin embargo, como pronto m e convencí de que no había medio de escapar á los tan enérgicos como justos llamamientos que hacía la J u n t a central, hice de la necesidad virtud y preferí tomar como voluntario el puesto de soldado, que á la fuerza me hu. bieran hecho ir á ocupar si no. Aun así y todo, con orgullo lo digo, la idea de la deserción no pasó nunca por mi mente, ni tampoco por la de mi madre, y casi con tantos gimoteos por mi parte como por la suya, salí de la aldea cuando me designaron el cuerpo de ejército á que había de incorporarme. E n esto sí que no se había dejado todo á la suerte. Todas las influencias, que si no grandes, tampoco eran del todo escasas, con que contaba mi familia, se emplearon para que el regimiento en que sirviera fuera uno de infantería en el que desempeñaba las funciones de teniente u n tío mío, hermano de mi padre, que había hecho la guerra del Eosellón con el general Ricardos, y que estaba tenido en el concepto de sus parientes punto menos que por t a n hábil- y valeroso guerrero como aquellos Gonzalos de Córdoba, Antonios de Leiva, H e r n a n d o s de Alarcón, Alejandros Farnesios y Ambrosios Spínola, de cuyos nombres andan atestadas las historias. Con v e r m e bajo su amparo y custodia, si no por tranquila, por más calmada se daba mi madre, y si he de ser franco, tampoco á mí no pesaba tener por jefe á persona que, según mi cuenta, malo había de ser que n o t r a t a r a de ponerme en los sitios de menos peligro y m á s al abrigo de aquellas malditas balas francesas en que yo no podía pensar sin que se m e pusiera carne de gallina. II Y la verdad es que por de pronto no creí h a b e r m e equivocado completamente. Cuando m e incorporé á mi regimiento, que era uno d e los que formaban la primera división del ejército de cía, á pesar del porte un poco rudo que le habían hecho contraer los hábitos militares, m e acogió con muestras de tan fraternal cariño, me agasajó con tan franca cordialidad, que por seguro tuve que en lo que de él dependiese, no me expondría á más peligros que si de u n hijo suyo, y no salido aún de la infancia, se tratara. Lo primero que hizo fué reclam a r m e para su compañía, y en ella disfrutó de cuantas holguras permitían lo rudo de los tiempos. Libre de una porción de servicios mecánicos, reforzado el mezquino equipo que se nos suministraba con prendas de su propio uso, y haciéndome casi siempre partícipe de las comodidades de su alojamiento y de la abundancia de su mesa, muchos oficiales, y no de los de m á s baja graduación, hubieran tenido que envidiarme. Y era lo que yo me decía y aun escribía á mi madre: si esto era sólo cuando sólo de mi comodidad se trataba, cuando llegara el caso de ver expuesta mi vida, ¿qué no haría? Además, ¿no llevábamos más de quince días de marchas y contramarchas sin que hubiéramos topado con un francés ni para u n remedio? ¿Pues quién m e decía que no se acabaría la campaña sin haber oído u n mal disparo, y podría volver á mi aldea dándome humos de héroe á tan poca costa? III A pesar de tan optimistas convicciones, debo confesar que cuando una tarde empezó á circular el rumor de que teníamos á los franceses á la vista y que al romper del nuevo día nos empeñaríamos en una acción de guerra que según todas las apariencias habría de ser dura, tal desasosiego me entró, tan pálido debí ponerme, que m i tío tuvo que venir en mi ayuda diciéndome con benévola sonrisa: -No hay para qué apurarse, muchacho. P a r a ti la cosa no será nada Estas palabras rae sonaron á promesa tan tranquilizadora, que la calma, si no absoluta, relativa, volvió á renacer en mí. Sin embargo, cuando aquella noche me tocó hacer la centinela en las líneas avanzadas, pensando en que aquellas negruras que mis ójós se esforzaban en vano en atravesar envolvían las fuerzas que al otro día habían de chocar con las nuestras, t u v e miedo, mucho miedo. Tanto tuve, que pareciéndome volver á los días de mi