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A LA EXCELENTÍSIMA SEMORA MARQUESA DE MONT- ROIG Si el dolor te deja oir La voz de mi sentimiento, Oye, Señora, un momento IJO que te vengo á decir. Sübi- e esa extensión obát- uia Que nos parece infinita, Hay otra región bendita De luz tan clara y tan pura Que, cuando más resplaii leceu Las estrellas de los cielos, líatre sus fúlgidos velos Manchas de sombra parecen. Allí, ante el Sumo Hacedor En éxtasis an- obados, Los espíritus alados Se sacian de eterno amor; i Y allí goza al fin la palma Que su virtud merecía. La que de un ángel tenía La voz, el rostro y el alma! Dios, viendo el humano duelo. La echó á este vallo profundj Para confortar al mnn lo Con las virtudes del Cielo; Mas, si ella antes no voló Donde ángeles la llamaban, Fué porque alas le faltaban Y la Muerte se las dio I Pobre madre sin ventura, Que hoy dolorida la lloras Al despuntar las auroras Y al cerrar la noche obscura, Justo es que riegues así Con llanto su h u m a n a huella; Pero no llores por ella: ¡Lloremos juntos por ti!