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MADRID. 26 NOVIEMBRE 1897 Á UN AMIGO PROVINCIANO Amigo mió: Te supongo harto enterado por los periódicos de los detalles de esa triste historia de las coronas de Zorrilla; historia de actualidad cuando tomo la pluma para escribiite; historia que ya irá pasando á la Historia cuando leas mi carta en BLANCO Y NKGBO. El asunto, como tú no ignoras, ha sido resuelto por la regia prerrogativa. La Corona ha rescatado las coronas. Triste cosa es que tan augustos símbolos hayan rodado por anaquelerías de prestamistas, y que UQ acta de coronación ee haya convertido en uaa papeleta de empeño! Pero si á muchos poetas vivos y menesterosos se les preguntara KIBERAS DEL MANZANARES hoy mismo, á pesar de Ja polvareda levantada, si optaban por la coronación ó por. ia papeleta créeme que se decidirían á favor de la última. La corona que brilló esplendoro sámente en el patio del palacio de Carlos V en Granada, pasando por modesta casa de préstamos de la calle de Lavapies, ha vuelto á los Alcázares Reales, una especie de restauración, sin Cánovas, Daudet podría escribir con tan intere- sante asunto una segunda parte para su obra Los reyes en el destierro, titulándola Las coronas en las casas de préstamos. ¡Ay, mi buen amigo! ¡Qué admirable sentido práctico demostró el fundador ó fundadora de los juegos florales instituyendo como primer premio de éstos una flor natural! La gloria que esa flor simboliza no es em penable I Así andan de despreciados los primeros premios de tales juegos poéticos, aún no prohibidos por las autoridades gubernativas. jEal Y ya que nadie nos oye, ahí va una idea. ¿Por qué rio habíamos de formar en Espafia un Museo de gloria pignorada, quiero decir, nn Museo en el que se recogiesen y donde figuraran todos los objetos y todas las alhajas, premios un día de la inspiración y del talento, y al siguiente empeñados por las gloriosas manos que supieron con la lira ó con la pluma ó con el lápiz conquistarlos? Famosísimo Museo, dirás tú, y de bien fácil organización, añado yo; bastaría con que el ministro del ramo enviase á los gobernadores una circular preceptuando lo siguiente: Apenas se celebre en la capital ó pueblos de la provincia de su digno mando un Certamen poético, visite V. E. las casas de préstamos y recoja por cuenta del Estado, y con destino al Museo de Glorias Nacionales Empeñadas, todos los premios del Certamen, que seguramente encontrará pignorados en aquéllas. Qué de liras de plata, de plumas de oro, de escribanías de metal y de figuras de bronce! ¡Qué Museo más gracioso é interesante! ¡Su catálogo se lo comerían los ripios! En serio, amigo mío: las coronas de Zorrilla no habían de figurar en tan estrambótico Museo. Con todas sus aventuras y pignoraciones, esas coronas son verdaderos atributos de verdadera gloria, y no sería justo que figurasen al lado de vulgares liras de plata ó averiados pensamientos de oro. No; esas coronas no las adjudicó un jurado presidido por un señor alcalde ó un señor canónigo: las adjudicó el voto nacional. No tienen más de certamen que el haber sido empeñadas. Echando ¡á buena hora! un piadoso velo sobre la flaca aventura, hablemos de otro asunto. ¿A que no sabes tú quién es el español que trabaja más, actualmente? Vaya, piénsalo despacio. Recuerda uno por uno todos los políticos, literatos ó a, rtist 8 que conociste y trataste en Madrid, y señálame al elegido con el dedo. Acertaste; ese mismo. I Segismundo Moret! ¡Qué hombre, amigo mío! Los demás españoles enfermamos para no trabajar; quiero decir, que cuando la obJiga, ción del trabajo se nos impone con inexcusables apremios, acórrenos en seguida un dolorcillo de cabeza para contrarrestarlos, y ya bajo el influjo del mal, ¿quién demonio trabaja? La pereza se disculpa con la repentina y oportuna enfermedad, y gracias á hallarnos malos holgamos con la conciencia tranquila. Pues D. Segismundo, por el contrario cuando quiere, y quiere siempre, entregarse fieramente al trabajo, finge una enfermedad, se sustrae con el pretexto de, la dolencia á toda clase de visitas, y puesto al frente de sus taquígrafos y encerrado en el despacho de su casa, trabaja y trabaja hora tras hora. ¿Y sabes tú cómo? Dictando. ¡Dictando decretos! Mira que la cosa es terrible. Yo, como todos los españoles, me he complacido alguna vez en soñar que llegaba á ser ministro, pero el pensamiento de verme el mejor día obligado á redactar un decreto ministerial, despoetizaba todos mi sueños y quebraba todas mis ambiciones. ¡Cuidado que eso debe ser difícil! El preámbulo, la parte dispositiva ¡qué sé yo! ¡Qué de tachones! ¡qué de enmiendas! ¡qué de dudas! ¡y qué de quebraderos de cabeza! para lograr que al fln y á la postre no me entendiesen mis gobernados, y mi decreto se quedase como todos los otros, aun los más claros, incumplido. Pues el Sr. Moret no redacta los decretos ¡y qué decretos! relativos al problema cubano. Los dicta. Cuba tendrá, por consiguiente, un régimen autonómico dictado. Pero no por los Estados Unidos, eso no; por nuestro ministro de Ultramar. La malicia insinúa otra cosa, pero tú no hagas caso á la malicia. Hay quien dice, pero te repito que continúes sin hacer caso, que nuestras preciadas Antillas quedarán, merced al nuevo régimen, como las coronas de Zorrilla: ¡pignoradas á los yankées! No, no, no y mil veces no. Pero, en fin, es muy tarde, y además se me acaba el papel. ¿Qué te ha parecido mi proyecto de Museo de Glorias Nacionales Empeñadas? ¿Verdad que retrataría una época? Te abraza tu amigo JOSÉ DK R O Ü R E Fototipia de Ilauser y Menet