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E! Ia no ignoraba los sentimientos que había despertado en el alma de su vecino, y por instinto de femenil coquetería complacíase en estimularlos con la esperanza muda, sin llegar á satisfacerlos con el asentimiento expreso. Tomás guardó silencio y confió tan sólo á sus miradas las expresiones de su cariño, hasta que supo que otro vecino había puesto también sus ojos en Rosita, que así la labradora se llamaba. Los celos avivaron su pasión de tal manera, que temeroso de ser vencido antes de haberse declarado, resolvió revelar á la moza las hondas angustias que le quitaban el sueño. Procuró estrechar t u amistad con el padre de Rosita y con un hermano de ella, de tal suerte, que después del rudo trabajo se acicalaba con sus mejores trajes é iba á casa de su vecino á jugar á las cartas y á pasar amigablemente la velada. Su rival, que también era amigo de la familia de la moza, siguió el mismo camino y se valió de iguales armas, por donde se reunían los dos en la casa de Rosita, ocultando su animosidad y su odio bajo la apariencia de la amistad y del compañerismo. fe i i Muchas veces se encontraron los dos rivales en las solitarias llanuras de la huerta llevando la hoz en la mano ó el azadón al cuello, y otras tantas hubieran podido dirimir su contienda y acabar su lucha valiéndose de la fuerza, á no haberles contenido el temor de turbar la tranquilidad y el sosiego de sus ancianos padres. Así, pues, al encontrarse se miraban de reojo, y con el ceño adusto, sin levantar la vista del suelo, se decían: -Dios te guarde, Tomás. -S- Ot. -Anda con Dios, Manuel. Sucedió, pues, que un día supo Tomás por el hermano de Rosa que el padre de ésta se hallaba en grave compromiso porque no podía pagar la renta al propietario de la finca. La cosecha se presentaba mediana, el año era seco, y para mayor desdicha, la noria de la huerta de Rosa no daba lo bastante para saciar la sed de la tierra. Queriendo aprovechar aquella venturosa circunstancia, Tomás rogó á su padre que ofreciera al Sr. Vicente, que era el de Rosa, la cantidad que necesitaba, antes de que fuera á pedírsela al padre de Manuel, que, sobre ser más rico, tenía con él más confianza. VÁ muchacho rogó, suplicó, expuso á su padre el ardiente cariño que sentía por Rosa, y tanto dijo ó hizo, que consiguió que el anciano le prometiera satisfacer sus deseos en la época de la recolección, porque no tem a bastante para hacer el préstamo y para redimirle del servicio, puesto que Tomás entraba en quintas aquel año. Al fia el padre de Tomás (ié á visitar al Sr. Vicente y le planteó la cuestión, conviniendo los dos en que tratarían acerca de la boda de los chicos cuando el padre de Rosa hubiera saüdo de aquella deuda que tanto le agobiaba. Kra, pues, condición tácita para celebrar el matrimonio la concesión del favor que el padre de Tomás había ofrecido al de Rosa. Oaando Tomás lo supo, dio ya por lograda su ventura, y sintió palpitir su corazón, henchido de alegría. Su victoria era completa, los medios de que se había valido lícitos y honrados, por lo cual, cuando encontraba á Manuel en los campos, al saludarle solía sonreírse, diciendo entre dientes: -Si tú supieras La solicitud y el amor que Tomás sentía por su labrada huerta se transformó desde entonces en pasión ciega, en preocupación constante; no cesaba un momento de cuidar aquel naciente sembrado, en cuyas verdes hojas se ence 1 raba la dolicio a promesa de los frutos que habían de ser causa de bU ventura.