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de tu sátira á algunas de las infinitas mujeres que en Grecia, sin poder alardear de la integridad 3 pureza de Diana, carecen de las gracias y atractivos de Venus. La hermosura merece veneración; la hermosura ha tenido y t e n d r á siempre altares entre nosotros; por la hermosura, Grecia será celebrada en los venideros siglos. Ya que h a s perdido el respeto á la hermosura, pierde el uso de los sentidos, que n o te sirven p a r a recrearte en ella por la contemplación estética. Y vibrando un rayo del astro resplandeciente que coronaba su cabeza, Pólux reventó el ojo derecho de Estesicoro. Aún no se había extinguido el 1 ay I que arrancó al poet el agudo dolor, y apenas había desaparecido Pólux, cuando apareció el otro Dioscuro, Castor, medio hermano también de Elena, hijo de Leda y del sagrado cisne; y pronunciando algunas palabras de reprobación contra el ofensor de su hermana, con una chispa desprendida de la estrella que lucía sobre sus cabellos, quemó el ojo izquierdo del satírico, dejándole ciego. Alboreó poco después el día, mas no para el malaventarado Estesícoro, sepultado en eterna y negra noche. Levantándose como pudo, buscó á tientas un báculo, y pidiendo por compasión á los que cruzaban la calle que le guiasen, fué á llamar á la puerta de su amigo el filósofo Artemidoro, y derramando un torrente de lágrimas se arrojó en sus brazos, clamando entre gemidos desgarradores: ¡01) Artemidoro! jDesdichado de m í! Y a no la veré m á s! ¡Ya no volveré á disfrutar de su dulce vista! ¿A quién dices que no verás más? -interrogó sorprendido el filósofo. A Elena! ¡á Elena, la más hermoaa de las mujeres! -gritó llorando á moco y baba el satírico. ¿A Elena? ¿Pues no la has rebajado tú en t a s versos? -pronunció Artemidoro m á s atónito cada vez. ¿No la has arrastrado por los suelos en una sátira quemante? Ay! P o r lo mismo! -sollozó Estesícoro dejándose caer al suelo y revolcándose en él. -Ahora comprendo que mi sátira era un himno á su hermosura u n himno vuelto del revés, pero al fin un himno. Los celestas gemelos m e han castigado privándome de la vista, y las tinieblas en que h e de vivir son más densas porque no veré á la encarnación liumana de la forma divina, al ideal realizado en la tierra. -No t- 3 aflijas y espera- -dijo Artemidoro; -tal vez consiga yo salvarte. Cuando la incomparable Elena supo de Artemidoro que su detractor Estesícoro sólo lamentaba estar ciego por no poder admirar sus hechizos, sonrió, halagada la insaciable vanidad femenil, y m u r m u r ó con deliciosa coquetería: Realmente, Artemidoro, ese vate es un infeliz, un ser inofensivo; nadie le hace caso en Grecia, y j o menos que nadie. Anuncíale que voy á sanarle los ojos. Y tomando en sus manos ebúrneas una copa llena de agua de la fuente Castalia, bañó con su linfa las pupilas hueras del satírico, que al punto recobró la luz. Como el primer objeto que vio fué Elena, se arrodilló transportado, prorrumpiendo en una oda sublime de gratitud y arrepentimiento, que se llamó palinodia. DIRTJJOS DE M É N D E Z BKINGA EMILIA P A B D O BAZAN ir V -y i3 i