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SAINT- SAENS EN MADRID Todos los años por la misma época, cuando el invierno asoma sus amoratadas narices por los bulevares de París, al caer de las hojas que desnudan loa brazos de los árboles, ante el encogimiento del termómetro, que hunde en el mercurio los grados empujados bruscamente por el frío, Saint- Saéns cierra el piano, mira al cielo, que se prepara para la mutación dejando los tonos claros del otoño para ennegrecerse, guarda los papeles de música y se viene á España á buscar en Andalucía lo que en París no tiene; clima templado, mucho azul encima, y más arriba un sol brillante. La estación invernal con sus crudezas le echa de París, y todo su amor de francés, de parisiense enamorado de su ciudad, no tienen para el eminente compositor atractivo ni poder ninguno. De todo abdica ante el temor de ser sorprendido por una mañanita de esas en que el chubesky, atizado de faego, enrojecidos sus costados, es suficiente para contener el frío de la calle. Tal es el pavor de Saint Saécs, que si durante su estancia en Madrid el invierno apretase, adiós conciertos, Sansón y Dalila t- y Enrique YIII: el frío daría en tierra con todos los planes. Ni ¿ís- dirigiría otra sesión, ni la reprise. de Sansón y Dalila, ni el estre no de Enrique VIII. Bien pronto haría la maleta y saldría en el primer tren para cualquier punto de Andalucía, y de allí á Canarias, porque puede que en Andalucía también hiciera demaC. S A I N T- S A E K S siado frío. Foiog. Benque En Canarias pasa Saint Saens una buena parte de la temporada, entregado á su labor, siempre genialísima y fecunda. No de otra manera se explica su larga lista de obras, entre las que debo citar La princesa amarilla, Timbre de plata, Etienne Marcel, Ascanio, Proserpina, Sansón y Dalila, Fhryné, Fredegonda, de Guizaud, que terminó Saint- Saéns; La danza tnacabra, La marcha heroica, Fhaeton, una Sinfonía tn la, una lindísima gavota que reproducimos, y otras menos conocidas, pero no menos estimables. Saint- SaSns lo ha dominado todo, y lo domina bien; el teatro, el concierto, la música religiosa, todo; en España, y sobre todo en el público de Madrid, cuenta con fervientes y sinceros admiradores. Los programas de los conciertos tienen casi siempre un lugar para Saint- Saens, y nuestro primer teatro lírico encontró el año pasado en Sansón y Dalila la obra de la temporada. Saint- Saéns es el compositor francés de mayores vuelos, y uno de los mejores paladines de la época moderna. De perfecta claridad en el diseño musical, elegantísimo en la frase, sobrio, sencillo en la armonización, llega tan francamente al público, que éste no siente la menor fatiga; muy al contrario, deleitase con sus melodías, sin rendirse, sin abrumarse ante la niebla que domina en algunas obras modernas, ante el peso de intrincadas filosofías orquestales. Recuérdese en apoyo de mis afirmaciones el dúo de Sansón y Dalila, de una intensidad dramática, de un tan poderoso brío, que firmarlo podrían sin desdeñarse los más gallardos compositores; la original página de la Bacanal, llena de caprichosos giros orquestales, y otras obras, que dan á Saint- Saéns una fisonomía particularísima. Gran disgusto producirán á Saint Saéns estas líneas si las lee en su cuarto del Hotel de Roma, donde se hospeda; gran disgusto tendrá al leerlas, bien arrellanado en su butaca, cruzados los pies sobre el marmolillo de la chimenea, encendida por supuesto; disgusto, porque es enemigo de toda exhibición, de todo encomio; no tiene al venir á Madrid otra contrariedad que la de no poder tocar el órgano en el concierto de mañana, porque esa es su principalísima manifestación. Saint- Saéns es hoy seguramente el mejor organista del mundo. La iglesia de la Magdalena de París disfruta del privilegio de escucharle durante muchos años. Saint- Saéns cuenta hoy sesenta y dos años, pero bien llevadi- 7 C A B I C A T U K A D ü S A I N T- S A K N S FOK M. LUQUB