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II Se marchaban a tiel a noche á Madrid; el enfermo, enteramente repuesto; ella, perdida hasta la última esperanza de penetrar en el cerrado corazón de sus. dos suegros. ¡Quizás un hijo, una cabeza blonda, habrlalos abierto de par en parí Pero el hijo no existía, á pesar de llevar dos años de matrimonio. Iba á salir del hogar paterno lo mismo que entró: bajo la glacial indiferencia. ¡Ni con su asistencia solícita había conseguido acercarse á ellos I Y devorando su llanto silencioso, metía desolada la ropa en el baúl mundo, sola en el gabinete, mientras su marido hacía algunas visitas de despedida imprescindibles. De pronto abrióse con cautela una de las puertas de la habitación y apareció su suegro, pero un suegro nuevo, apacible, sonriente, con el rostro lleno de ternura, con una timidez singular en toda la persona, perdida en absoluto la severidad que le hacía tan rígido é imponente. La nuera se irguió, quedándose estupefacta, mientras él adelaníaba un paso con los brazos tendidos. Pero no dio el segundo, ni estrechó nada. Una mampara roja que comunicaba la estancia con las piezas interiores rechinó al abrirse la hoja de gutapercha, y asomó la faz de la suegra, también transfigurada, dulce, risueña, la cara enternecida, todo su ser temblón é indeciso, despojada de su torvo ceño habitual que la daba su aspecto impenetrable y Icncio no podía prolongarse; tenía que estallar ó aniquilarles el fluido llameante en las pupilas de uno y otro. Y lo rompió la suegra, no tan dueña de sí misma como su marido, más débil con su impresionabilidad de mujer, exclamando temblorosa, á borbotones, con los mismos labios rebosantes de desprecios durante dos años, dirigiéndose á su hija: ¿A. qué disimular más, si ya estamos descubiertos? Yo venía aquí á abrazarte por primera y quizás por última vez, á estrecharte contra mi pecho, á borrar de tu mente la idea que mi conducta te ha hecho formar de m (Porque yo te quiero hace ya tiempo, desde que conocí lo que vales y lo que eres; pero influí taiito en el ánimo de mi marido para que no te admitiera, que por orgullo, por vergüenza, hasta por temor, no me atrevía á manifestarle mi cambí) de opinión- ¿Y callabas queriéndola y admirándola, retorciéndote de dolor detrás de tu máscara severa? Pues eso mismo me sucedía á mí, empeñado en seguir siendo el impasible de siempre. Pero hoy se marcha, y yo no podía quedar viviendo bajo el peso de su reproche nudo, y á abrirla mis orazos venía, afrentado también de que tú lo supieras. Los dos lloraban. La auera, con los ojos muy ibiertos, gritó estremeciéndose de gozo: ¿Pero es verdad? Y los uatro brazos conyuga- duro. Ambos cónyuges quedáronse cortadas y sorprendidos, no menos perplejos que la nuera, que los miró atónita, sobrecogida, presintiendo en aquella escena muda algo solemne y grave para su porvenir. El mutuo sinrBU. lns PK MÉXnUZ BPJN OA les, que se habían buscado por instinto, la rodearon amo rotamente, cayendo sobre la cabeza de la mártir como una bendición el primer ¡hija mía! de la inefable paternidad. AT. FOX O PÉREZ NIEVA